miércoles, 27 de septiembre de 2023

Fragancias que son puertos en la ciudad.





Una perogrullada que no desentona, que te acoge como un abrazo mañanero, cuando las campanas de la parroquia doblan por algún muerto del pueblo; diría que el olfato es un arma poética poderosa, sino la más poderosa, ya que recae en una inhóspita situación no buscada, ni siquiera atisbada entre el crisol de experiencias de la calle, del cambio de ambientes, del cambio de sábanas. 
Ha pasado un tiempo pero importa poco cuando golpea el ánimo una ráfaga de... Ha pasado tiempo desde que mis fosas nasales adquirieron inocentemente los olores concretos de Trilce, el amor que es todos los amores, igual que todos los fuego el fuego, ya he hablado de ella. Pero le debo el nacimiento de un bestiario de luces brillantes, ventanas amedrentadas por la lluvia, y un amor casi novelístico -que no novelesco, quizá algo nivolesco- y desatado. Porque Trilce es todas las amante la amante, y hay fragancias que comparte con otras personas, con otros besadores de llagas; otros que han pasado por la habitación a medio iluminar, con la cama a medio hacer y el montón de ropa de la silla soportando estoico el fino rayo de sol de la siesta, dando vida a un polvo lento y desmenuzado, mientras Trilce se quita mi ropa y se pone la suya para ir a por algo de cenar.

Estoy pagando en la caja del supermercado y veo a Trilce pidiéndome que le abroche el sujetador mientras se ponía las zapatillas, porque ha pasado tiempo y he comprado unas sábanas nuevas, y en este supermercado deben vender el mismo desodorante que se rociaba ella con descuido, uno de envase azul turquesa, que más tarde alcanzaba el rayito de sol cada vez más tenue. 
Hace tiempo ya que no sé nada de Trilce, ojalá sea feliz. Ni siquiera recordaba el color del bote, pero súbitamente en el embolsado de unas compras que no vienen a detalle, quizá la boticaria del supermercado -porque todo dependiente tiene algo de boticario- llevase puesto el mismo desodorante que Trilce, incluso diría que se parecía a ella, a Trilce, porque Trilce es todos los amores el amor, todos los olores el olor. Imagino que ahora Trilce se estará levantando de una cama vaya usted a saber dónde, que un olor llegará desde la cocina, o desde debajo de la cama, quizá sí; a lo mejor es también una cuestión textil, quizá un olor particular de un cajón que se abre, o abrir una bolsa de patatas, esas en particular que me gustan, y Trilce se estará levantando de la cama adormilada, pero estará caminando conmigo en el súper, perdiendo el tiempo en las especias, porque hay muchas y no sabíamos para qué se usaban y al final siempre cogíamos las mismas, las confiables; imagino que ella se sentirá confundida, alegrada o apesadumbrada, por eso quiero que esté feliz, y vaya hacia la persona que ha removido esos libros del estante de arriba y la abrace, para en esa misma tarde encontrarse en la copistería, pidiendo apuntes de alguna materia con algún número romano detrás, porque recuerda el olor a fotocopia, que ni siquiera lo ha olido esta vez pero es capaz de imaginarlo, sonriendo para sí, abrazando a la persona que destapó el fluorescente, que es la misma que estaba en la cocina, porque todos los amores... 
Espero que tras el abrazo, todo se haya ido tal y como vino, para que la pituitaria no le duela. Al final, salí del supermercado levantándome de la cama, cansado, cargando bolsas de plástico, escuchando las campanas doblar mientras el olor a gasolina del coche fúnebre llega a mi ventana, chasqueando la lengua, dando media vuelta para preguntar a la boticaria si allí vendían aquel desodorante azul turquesa.

domingo, 12 de marzo de 2023

La pequeña agonía.

fotografía de Horacio Coppola.

Los sustos o el miedo, madre de dios, qué fatiga. La incógnita y lo peor de todo, las pistas al misterio del desconocimiento. Miedo a no saber en qué lugar va cada palabra, va cada acto, cada intención en las palabras… Sentimientos de protección estos. Falsedades benignas. A veces hay que imaginar para llegar a realizar, estamos de acuerdo. 
Un susto me ocurrió una vez en la Argentina con la Olitia. Tenía (ella) la clara voluntad de quedarse dormida. Normalmente lo hace cuando debe, pero si estoy cerca, ésta condición se agrava, estirándose en su plenitud de metro sesenta sobre mis piernas, mi pecho, abrazada por completo, diferentes posturas indómitas y maneras para, como digo, dormirse con una rapidez absoluta. Si está despierta y no hay nada que hacer, ceba mates para los dos constantemente, según ella por eso del Ser argentino, por Borges, por Cortázar, que si la Storni… y por Quiroga solía decir yo:
— Ese no es argento, che, es charrúa —servía bebida de los escritores, el mejunje de lectores pacientes: Agarrá la pluma y metele al papelajo ese, bonito —decía levantándose a poner algo de música.
— No me refería a ese Quiroga, maca —sí que lo hacía, solía confundir el río platense.
— A quién si no, charlatán.
— Un tal Facundo Quiroga— dije agarrando la calabaza con firmeza. Sorbiendo la bombilla.
— Dejá de joder y no inventés Facundos.

Y había que hacerle caso, normal, caminaba por el depto. en camisa larga y ancha, algo vieja, en ropa interior de aquí para allá creando remolinos de aire que parecían de monte suizo. Encantaba verla con sus nervios latinos a flor de piel, quejándose amargamente de la situación de la poesía en el país. 
Jugaba con los rayitos de sol que se colaban por la única ventana de la habitación, de sus piernas nacían y se derramaban por el piso pequeñas hebras de tabaco, empeñada en liar un cigarrillo mientras camina de la cocina al salón, del salón al baño, donde podía escuchar el tarareo de un tango viejo que le cantaba su abuelo. Entonces llegaba envuelta en vapor bajo una toalla morada, toda repeinada hacia atrás, iniciando una gota que terminaba al final de su espalda.
Olitia pecaba de ser algo torpe con las nimiedades de la vida, sacando la lengua en un signo absoluto de concentración,; para escribir, para amar, para leer a la Garro…aunque siempre acababa por liar el cigarrillo y se echaba a mi lado con la clara voluntad de fumar y dormir. Me solía usar como cojín, cama, almohada improvisada, siempre, remetiendo su rostro entre mi cuello y el pecho, notando la respiración caliente del sueño profundo.

Lee con fervor El Aleph, despatarrada de aquella manera en el colchón bajo el televisor, empotrado contra el ventanuco del ático porteño. La brisa y el calor de Buenos Aires emanan del pelo de Olitia:
— Lees tanto que puedo verte el humo salir —decía yo cuando se gastaba el mate.
Olitia reía y seguía leyendo, iniciando el juego al dejar el marcador en la página y se erguía toda ella, desperezándose.
— Vos que sos mi Evita Perón —pregonaba cuando iba a requerirme algo:  ¿podés traer pan y cacao, mi rey?
Y yo iba, daba el paseíto hasta la cocina, con el piso mojado tras la ducha de Olitia, descuidada como siempre. Seguía luego por la senda brillante que se había formado, con cuidado de no resbalar mientras mantenía equilibrios hasta llegar y arrodillarme al lado del colchón.
— Besame, salame, despacito ya sabés —me recogía por el muslo desde mi altura, arrodillado y encorvado tras acercarme al colchón, cerrando el beso que me pedía, la taza y el pan cambió de manos. Pasaba la tarde y me acoplaba a ella buscando el hueco que sus piernas desnudas y arqueadas. Se resolvía en mi intención rápidamente, con el libro descansando sobre el alféizar del ventanuco, entonces se giraba y ronroneaba hasta dormir, yo la besaba en el pelo.
— Hasta mañana, Evita —con los ojos ya cerrados, se camuflaban sus palabras entre el sueño y la pesadilla en cuestión de segundos.
 
Esto era lo habitual, la imagen que Olitia se empeñaba en mostrar. Pero a veces las voluntades no coinciden con el mundo, los miedos se hacen tangibles como el telefonillo que no paraba yo de pulsar y desde el cual no obtenía respuesta. Dale, dale, daaale. Llamé tres veces de corrido. No contestaba. De verdad creí por un segundo que su voz adormecida saldría al paso; eso, o salía ardiendo el timbre. Llamaba y nada.
— No creo que… —pensé un poco para que no cundiera nada—: imposible, no conmigo aquí abajo.
De repente recordé las botellas de vino desparramadas por el living, y los miedos juntitos de a poco… tangibles en su voz, en el nudo de la garganta. Eran miedos que ni Borges, ni Julio, ni yo su Evita…
— No me hagas esto, linda… —me llevé las manos a las caderas, dejando el equipaje a un lado (pues llegué esa misma tarde a la capital porteña, después de un llamado urgente de Olitia). Llamé decenas de veces, di alguna voz hacia el ventanuco allá arriba, menos mal que alguien bajó y pude subir hasta el rellano. 
Me tranquilicé un poco subiendo las escaleras, quizá no estaba en casa, sin más, pero Olitia… ella sabía que llegaba esa mañana. Llamé a la puerta, nada. Estuve llamando largo rato, incluso algún vecino sacaba su cabezota buscando el origen de las voces, otra historia porteña más, Buenos Aires, che… 
Grité alguna cosa más, algo desesperado, no contestaba al teléfono, no se me ocurría mucho más… fui a la ventana de la cocina que daba al patio interior. Escuchaba la ducha, escuché al agua caer con violencia, sin nada que cortase el flujo hasta la bañera. Un sonido del terror para mí en ese momento, imaginé el agua corriendo por la piel…
— No creo que me hayas hecho esto…
Recuerdo estar al borde del llanto ¿acaso otra cosa? Los sustos o el miedo, madre de dios, qué fatiga. La incógnita y lo peor, las pistas al misterio del desconocimiento. Giré dispuesto a ir a la gendarmería, temblando,  estaba a solo dos calles. La imaginación pareció vencerse ante todas las explicaciones que ahora debería dar y debería darme. Recuerdo que el nudo en mi garganta era un nudo en cada fibra de mi cuerpo. Quizá pasó llamar a alguna ambulancia, pero para cuando llegaran no habría nada que hacer, además, conocía a Olitia, y ella no fallaría. 
Me disponía a bajar en un paso fúnebre hasta la gendarmería, al borde de volverme loco y gritar por todo el bloque en mi descenso a la locura, cuando en mi cabeza entró un sonido metálico deslizándose tras de mí. La puerta a la que había gritado se abrió, mostrando una Olitia derrotada, con sangre seca en los antebrazos, mocos secos bajo la nariz menuda, enrojecida de tanto llanto, envuelta toda su persona en una de mis camisetas que la cubrían hasta las rodillas, cuerpecito enclaustrado. 
Los pechos rebosaban creando un mapa físico del Ser argentino, con lamparones formados por lágrimas amargas y solitarias, las peores de todas. Su pelo corto y despeinado se levantaba en formas irregulares haciéndome reír de puro nervio. Olitia tuvo que adivinar mi enfado, mi tragedia, mi decepción, mi culpa que llegaba a sus pies desnudos, tras una promesa rota aquel día de calor.
— Lo has vuelto a hacer —dije más como alivio que como reproche.
Olitia llevó sus ojos a mi equipaje, luego a mis zapatillas. Sus manos ahora escondidas en la espalda, escondiendo los cortes, mordisqueando su labio nerviosa. De alguna manera llegó a parecerme bello, hermoso, toda ella en la entrada del depto, genuina. No podía estar decepcionado con ella, con la argentinita; no más de lo que ella misma se decepciona. Dio un paso adelante sacando sus pies al frío rellano, me abrazó muy fuerte y muy despacio, sentí sus miedos por un segundo, sus voluntades vencidas una noche más. 
Su rostro se hundía a la altura de mi pecho, nos separamos un poco, tenía los ojos grandes y empapados. Se mesó un poco el pelo y me miró con sinceridad. La ducha, la noche… seguían allí de fondo entre culpas repartidas ahora; uno por no estar, otra por no querer estar. La tormenta se avecinaba tibia y liviana en el cielo de Buenos Aires.
— Me quedé dormida, rey… —dijo Olitia, cabizbaja, que agarró mi brazo y agarró el macuto del suelo: — Pasá. Vení que te cebe un mate.

viernes, 11 de noviembre de 2022

Para cuando respirar sea una quimera.



Tengo múltiples héroes de ánimo. Parches de soslayo que se caen entre canción y canción. Héroes que me traen problemas, por lo que todo se ajusta a algo más parecido al antihéroe. Que pase la siguiente en el reproductor.
No quiero hacerme entender porque sería desnudarme, quiero explicar lo que alguna vez creo que entiendo. Hay acordes que están como ocultos; disparadores de imágenes asociadas a cierta nota cantada, o cierto rasgueo de guitarra o cierto sonido de sintetizador. Es bastante duro, porque estos recuerdos son como presos excarcelados, con una libertad repentina que les invade a urdir el plan de escape. Por supuesto, gran parte de estas fugas son reprendidas con el día a día, con la imposibilidad de desdoble del tiempo, con la amarga sensación de tener algo pendiente, de saberte, a la vez, a salvo de la realidad porque solo son héroes recordados; se arremolinan todos como pequeños placeres ocultos, bombones de licor MonCherie, que los tenía prohibido de pequeño, asumo que por un mal atracón. Ahí va un héroe.

Otro tiene que ver con una berlingo y con Trilce aprisionada en contra de su voluntad en la parte de atrás, sosteniéndome la mirada, mientras yo con la mano, en un gesto miedoso y pueril, saludo a la corte que la raptaban, marchándose por el ruedo lastimosamente.
La verdad era que Trilce estaba en mi pueblo sin permiso de sus padres, y justo dio la casualidad que al despedirnos en la estación, aparecieron sus progenitores. Yo ya tenía música puesta en el mp3. No pasó a mayores, al menos allí mismo y por la parte que me toca. Es más, siempre me he sentido bastante mal porque romanticé todo aquello hasta niveles que más tarde me apuñalarían por la espalda. Otro héroe. Otro hueco en el pedestal.

El conjunto de la melomanía nostálgica no es más que un panteón de héroes caídos en grandes combates; estatuas ecuestres en grandes plazoletas por las que hoy en día únicamente pasan coches, sin prestar mucha atención. Existe como un turismo musical alrededor, una demostración ingrata de la contemplación, un Broadway propio con musicales cutres. Acuérdense de los bombones MonCherie y su veneno interior.
¿Qué será de Trilce ahora que no me escucha, ahora que no sabe lo que escucho? Me pregunto si es una de las fugas, se fugó de verdad; una duda asaltada, una pregunta sobre la pertenencia en el deseo aquel del que hablaba Hegel, si es que alguna vez le entendí. Otro bombón de licor.

Y hablando de preguntas, una vez, después de venir del último día que iba a pasar en la ciudad que regentábamos, me atajó después de recoger los platos por mitad del pasillo, y soltó como si nada: ¿Echarás de menos este piso? Arrogante de mí, seguro de los géneros musicales de entonces, dije que no, que pisos como aquel habría miles en ciudad distintas, con otros nombres. No, no lo echaría de menos.
Claramente me equivocaba; claramente hubo un juicio donde la pena era una caja de MonCheries y una celda para otro héroe recordado, sólo que yo no era consciente de la sentencia, me limité a lavar los platos rápido porque quería tumbarme junto a Trilce a echar la siesta.

jueves, 25 de marzo de 2021

Un ser de luz.


Un ser de luz


El humo de las escaleras comenzaba a respirarse sin que nada estuviera prendido. Una chica bajaba las 
escaleras sin darle al automático de la luz. Un portazo resonó en todo el bloque. Salió afuera, a la calle, y qué mentiroso parecía todo; sentada en las escaleras del portal, ocultándose en la oquedad, bailoteando de nervios en el penúltimo escalón a la urbe, una de colores violáceos, azulados y naranjas, con negro incrustado, una noche eclipsada por las cientos de ventanas ardientes de los bloques. Hace rato dejó de llorar para aspirar el penúltimo cigarrillo que le quedaba, que resultó ser el último en aquella parte del edificio, allí abajo, a salvo de los pensamientos, donde todavía existían esperanzas futuras si quedaba uno por fumar. Todo dicho ya, decidido por siempre, y la cara húmeda e hinchada de llorar entre cuatro paredes, teniendo uno esos rostros que no quieres ver en nadie, especialmente en alguien como ella. Chocaba las punteras de sus botas negras, sólo por hacer algo, por no pensar, hacer de aquel par de metros de cuadrados de portal una bolita metafísica, una fantasía hermética.
El pelo caía desastroso, enredado en la cabeza, uno rubio ceniza. Llevaba los hombros al descubierto a través de un top con transparencias que preparó para esa noche, para que sinuosas formas se atrincheraran entre las redes que formaban el conjunto, metido y desapareciendo bajo la cintura de una falda a cuadros negros y rojos. Chocaba las botas militares que la hacían parecer más pequeña de lo que era realmente, algo más nimia, pero a su vez más intimidante, las chocaba y sonaban apagadas, huecas, las miraba atenta con sus ojos marrones perdidos en un vacío inexplicable que residía fuera de los mismos. 
Se llevó las manos al rostro, todo estaba decidido, ya estaba dicho, se cubría con los dedos los acomplejados llantos, tristes y dolorosos, a punto del desborde. Las ganas o lo que fuera afloraban ecuánimes en todo el cuerpo; las piernas temblaban y las náuseas iban o venían en batallas recordatorias, pequeñas escaramuzas con resultados fatales en su memoria. Hundió la cara en las rodillas dejando caer lágrimas en el cemento corroído de los peldaños. El humo que se abrió arriba comenzaba a no estar presente, los pensamientos comenzaban a agolparse seriamente. Se llevó a los labios su penúltimo cigarro, la compañía del bastoncillo maligno empezaba a no importar de verdad, se estaba esfumando junto a todo.
La gente entraba o salía de los portales aledaños sin reparar en esa chica perdida, escena común en aquella parte de la ciudad, repleta de estudiantes y de fiestas con disfraces locos, borracheras y, por supuesto, dramas posadolescentes. Pronto el sonido que arrojaba la calle era el de gente hablando muy alto, música a todo volumen desde las ventanas, ajenos a ella, al porqué seguía allí parada. Una falta de objetivos seria, se dijo a sí misma, pero todo estaba dicho, decidido en el preciso instante de bajar las escaleras y casi matarse en el trayecto.

Pasó una larga hora, sus ojos simplemente fijos en algún punto inexistente, fuera de todo ambiente. Pensó, en un atisbo de vida, en el maquillaje destrozado, tanto esmero para nada. Reconoció en el rostro unas gotitas que debían ser negras, llegando al labio superior, el sabor desagradable a químico la saca del letargo. Tiene un pequeño bolso del que saca un espejito redondo. Al abrirlo, rápidamente identifica el rímel vertido, la sombra al traste, se ve en el espejito pero tampoco quiere estar ahí dentro, así que extrae una toallita del bolso, aplicando fuerza para quitar lo que quede, ver a alguien más querido, aunque fuera ella misma sosteniéndose la mirada, gesto desafiante a lo decidido, marcharse de allí, dejar el ego roto allí arriba, a ver si algo asomaba por algún cuadrante del espejito. Paseó la mirada un poco más allá del hombro, viendo la figura de una chica menuda sentada de espaldas a una puerta con cristaleras que empezaba a moverse gradualmente. Los cristales y los hierros se movieron desfigurando el paisaje del aparcamiento, creando una corriente de aire inesperado porque alguien salía del bloque. La persona emergida tomó asiento en el mismo peldaño que ella, colocándose las manos en las rodillas, emitió un largo suspiro. La chica no parecía muy sorprendida, mientras se desmaquillaba y devolvía el espejito redondo al bolso. Extrajo el último cigarrillo que le quedaba:
— ¿Tienes fuego? —preguntó ella sin mirar, atenta al bolso, buscando el mechero, que ahora no encontraba. De la manga de una túnica negra, la figura que emergió sacó un paquete de Galús, marca local, lo deposita con cuidado en el peldaño y lo desliza suavemente, hasta tocar el muslo encuadrado en unas medias de rejilla. Al notarlo, ella se giró bruscamente, pensando que era una mano fría, para descubrir el paquete sin abrir, con la pestañita lista para tirar y desgarrar el plastiquito, acceder a la apertura y hacer mella en sus pulmones, una simetría a destrozar. El susto no importaba si había un Galús sin abrir:
— Gracias… —la chica quedó un aliento vivo para que la persona misteriosa dijese algo, pero no lo hizo. En cambio, chasqueó los dedos de una mano, la derecha, que la tenía enguantada, y con un sonido irreal, una fuente de luz se depositó en el dedo del emergido, una llamita iluminó el portal, también el rostro de la chica, prendiendo el cigarrillo que llevaba en los labios desde que guardó el espejo. Aspiró y echó una bocanada, mirando extrañada la secuencia pero de alguna manera fascinada por aquellos trucos de magia:
— Tú no te preocupes por eso —dijo la voz misteriosa, que debía ser de chico joven, detrás de una capucha holgada: ¿Quieres algo más? ¿Quizá algo de beber? —.
— Un litro de cerveza estaría bien —dice ella echando unas bocanadas reflexivas. Pero total, qué importaba, estaba todo decidido.
De algún pliegue de la túnica apareció un litro de cerveza bien frío. Marca "el Tío Celiorno". Pasó el rato, ella bebía y fumaba por igual, sin escupir palabra. Apenas reparaba en la figura, había algo cotidiano en ella, se dio cuenta que llevaba una máscara de esqueleto, buen disfraz, pero no llegaba a ver mucho más; las manos las tenía entrelazadas como un monje, bajo las mangas anchas, en penitencia, en silencio indolente, disuasorio. Acabó el pitillo y se llevó a los dientes otro cigarro más que sacó del paquete nuevo; la figura, sin mediar palabra, chasqueó los dedos de su mano enguantada, la misma que antes, de nuevo una falange flamante se acercaba tímida hacia la punta de la nariz de ella, deteniéndose en la del cigarro. Prendido, le echa una bocanada a la cara y sonríe:
— ¿Qué haces aquí? ¿No esperan que subas? —dice ella, volviendo a llenar todo de humo y densidad.
— Nah, estoy dónde se me necesita —dijo él algo burlón: Yo también fumaré, si me permites.
Chasqueó los dedos otra vez y se encendió un cigarrillo del paquete que ella ofrecía en el aire, esperando poder ver más de la figura. Miró al bulto negro sentado a su izquierda, pensaba en él como alguien conocido, presente, no sentía miedo, aquella voz… La presencia (pues eso era lo único seguro, que allí estaba) posó el paquete de Galús en el peldaño, entre ambos, a modo de muro, de bloqueo inocente:
— ¿Cómo te llamas? —pregunta el encapuchado.
— ¿Acaso te importa? —.
— No demasiado… Pero alguno tendrás, un nombre es un nombre —.
— Un nombre es sólo una palabra, un sonido, ¿sabes? —.
— Me gustaría escucharlo… —.
Ella vaciló unos segundos mientras unas lágrimas encharcaban sus ojos marrones.
— Plinda… —dijo intentando deshacer el nudo de la garganta.
— Plinda… —.
Aguantaron ese silencio tan natural entre desconocidos. Plinda cerraba los ojos con fuerza para ahogar los sollozos intensos, que todo el teatro acabase de una vez por todas, el cigarrillo desprendía el humo entre sus dedos como una fogata en el claro de un bosque, en ninguna parte concreta, a la vista de todos. Era mejor pensar así, dejarse llevar, nada a lo que aferrarse, ni nada que asir excepto el tubo de tabaco, excepto al encapuchado:
— ¿Eres mago o algo así? —preguntó Plinda, arrancándose un par de miedos.
— Algo así —responde él sorprendido: Dime, ¿quieres algo más? —la figura miraba cómo se vaciaba el vidrio con cada trago.
— Ahora que lo dices… ¿tienes más cerveza por ahí dentro?—.
— Pídela —.
— Dámela —.
El encapuchado metió su mano enguantada (un guante igualmente negro, de algún material malo, de disfraz cutre) en uno de los pliegues y extrajo otro litro "Tío Celiorno", con su correspondiente bolsa de plástico verde opaco. Plinda miraba de pleno, sin vergüenza, entre asustada y divertida. Algo comprendió cuando las luces de la calle delinearon una calavera bajo la capucha, pensando que habría estado horas maquillándose para que le quedase una calavera tan perfecta. Plinda abrió la rosca de la botella no sin un esfuerzo notable, descubriendo una suerte de sonrisa entre esos dientes desnudos de la figura, que terminaban en una mandíbula recta, fuerte y blanca:
— ¿Por qué estás aquí? —preguntó el encapuchado.
— Ya ni lo sé… simplemente algo falla, ¿entiendes? —Plinda hablaba a los colores de fuera, que sí la escuchaban: estoy como rota, me duele el cuerpo sin dolor concreto, estoy cansada, desquebrajada por algún sitio que no conozco. Pero lo peor es que no importa… —cerró los ojos echando la cabeza hacia atrás, bebiendo y tragando con fuerza:
— A quién dices que no importa —preguntó el encapuchado.
Plinda sonrió por primera vez, bebió más cerveza, dio otra calada, reía como acordándose de algo de aquella noche:
— Qué más dará eso, te digo yo que ya no importa —.
— Ya entiendo… ¿por eso estás aquí, Plinda? —el encapuchado masticó cada una de las letras del nombre.
— Tú qué vas a entender, no sabes nada, no te conozco—.
— Oh, sé muchas cosas, créeme… —el timbre de su voz era más bien una ofrenda en las ondas, una invitación. De nuevo, silencio. Plinda buscó otro tubito de Galús. Derribó el tabique de no más de cinco centímetros, de cartón, que los había estado separando durante la conversación. Algunos esporádicos bajaban por los portales entre risas, se montaban en uno de los coches del aparcamiento, y se iban, dejándolo todo suspendido. Sacó dos cigarros, reprimiendo arcadas por tantos que llevaba seguidos. De nuevo, la mano enguantada chasqueó los dedos, suspendiéndolos en la llama etérea que brotaba de su uña:
— ¿Cómo haces eso? —Plinda compartió el humo con el encapuchado, encendió los dos cigarrillos y le cedió uno. La figura fumaba como mordiendo el filtro, sujetándolo con dientes:
— Oh, años de práctica. Pero es sencillo para alguien como yo. Por cierto, se te está acabando la cerveza.
De algún otro pliegue de su túnica, invisible con aquella luz del portal, sacó un quinto de whiskey Sillanza:
— ¿Te gusta el whiskey? —preguntó mostrando la botellita con su mano desnuda (la izquierda) hacia la luz limítrofe del portal, la frontera entre las sombras y las farolas altivas de los bloques, línea visual entre calle y portal. Plinda miró con ganas el quinto, sin percatarse de la mano que lo sujetaba. Buscó los ojos de su interlocutor, pero no logró ver gran cosa, salvo sombras en lo que serían los ojos, dejando sólo el brillo de su boca visible. Plinda recogió el quinto, ratificando su contenido en un trago largo que le hizo toser. 
La noche parecía siempre la misma, suspendida en una incredulidad palpable, un lugar fijo y estático en el tiempo. Apenas recordaba nada de bajar las escaleras, con el corazón saliéndole por el pecho, otra vez como tantas, otro drama como tantos, fijándose en que la herida no cicatrizaba y Plinda solía llevar su corazoncito guardado tras una cremallera. 

Las estrellas se movían y las canciones que sonaban en los pisos hacia la calle eran cada vez una distinta; hubo personas que salieron de los portales colindantes tambaleándose, la figura y Plinda se reían de ellos, de los coches que se marchaban o aparcaban, de los grupos llegando entusiasmados a llamar al telefonillo y pedir acceso a la fiesta que sea. Pero Plinda bebió el whiskey muy rápido, hasta hacerla llorar amargamente, como peor se puede llorar, y el whiskey le supo agrío como el agua de los mares, tampoco soportaba el regusto del rímel, que todavía lo notaba artificial en una cara hinchada por los lloros, que fuma, bebe, fuma y bebe…
— ¿Necesitas más? —preguntó la figura palpándose la túnica.
— No, no quiero más… Estoy bien así —.
Plinda intentó buscar la verticalidad, llevándose por delante los vidrios de los litros de cerveza, posados un escalón más abajo, que se hicieron añicos al tocar la acera:
— ¿Estás triste, Plinda? Veo mucho desapego a tu alrededor…
La preguntita molestó a Plinda, ya que notó el tono recriminatorio hacia aquella patadita a las botellas, tambaleándose con vértigo en el gesto, causado por las botas militares:
— No estoy triste, hace mucho que no. Estoy enfadada —.
El humo se mantuvo suspendido tapando a las dos figuras. Plinda miraba al aparcamiento, luego al encapuchado, que la miraba desde el interior de la capucha:
— Entonces, ¿qué puedo hacer por ti? —el sin nombre se puso de pie, casi sin movimiento, como flotando, apareciendo un escalón más abajo, justo tras el hombro de Plinda, que escuchaba una pregunta susurrada en su oído, como a través de un teléfono, algo ajeno al lugar:
— No sé… no lo sé… no quiero… ¿nada? —lo dijo dudando de sí misma, de la veracidad de la vida y del portal: No lo sé, de verdad… no quiero nada; nada de aquí, estoy enfadada con todo y todos sin razón. Bueno sí, en esencia, yo, y el problema del yo, y todas esas mierdas…
— No querer nada está bien, Plinda, tranquilízate —dijo el encapuchado muy despacio en un intento de consuelo, volvió a preguntar: ¿Segura que no necesitas nada más?—.
Plinda comprendió al fin, porque estaba decidido por ella cuando eligió la música, la ropa, qué decir, cómo amar, llamar al telefonillo nerviosa, esperar… Comprendió que llorar era inútil en todos los aspectos, que sus miedos estaban y fueron cuatro pisos más arriba, durmiendo sin preocupaciones, mientras ella corría escaleras abajo para no soportar el peso de una habitación a oscuras y nada que decir. Salir de allí e intentar no caer más, no precipitarse nunca más, quizá una última vez, porque estaba decidido:
— Me tengo que ir, Plinda —dijo la figura, todavía tras de ella: ¿Sabes ya lo que quieres?
Plinda fue rápida al responder, tenía claro cómo quería acabar la noche. Pidió otro quinto de Sillanza. El encapuchado lo sacó de algún bolsillo interior de la túnica. Posó la mano izquierda, la desnuda, frente a las narices de Plinda, para que cogiera la botellita. Ella la recogió, pudiendo ver una mano puro hueso, sin fibras ni carnes que la rodearan:
— Bueno, ahora sí. Debo marcharme. Volveré cuando me necesites… de verdad.

Cuando Plinda se giró para darle las gracias, no había nadie, sólo un fuerte olor a tabaco y alcohol, y una nube grisácea que navegaba hacia el cielo desde el portal, como una bocanada más. Plinda se vio a solas con el whiskey en la mano, observando detenidamente entre la sorpresa y un terror genuino el resto del habitáculo de tres paredes, allí seguía el telefonillo con su hilera de botones, los cristales del portal reflejando el aparcamiento... 
Un paquete de Galús sin abrir estaba en lo que fue el asiento del encapuchado. Empezaba ya a salir el sol cuando enjuagó unas lagrimitas rebeldes que querían navegar hacia el precipicio de los pómulos. Tomó asiento no sin dificultad justo al lado del Galús y desenroscó el Sillanza. No sabía el tiempo que había transcurrido, le dolía la cabeza, pero había un cielo nublado mañanero, típico de otoño y meses invernales, que la animaron un poco; únicamente claridad, nubes y coches discretos intentando no despertar a todo el vecindario. Se sintió liviana, con fuerzas tras cada trago. Después de todo ya estaba…  
Algo parecía importar ahora, ni que sean los colores o los transeúntes con barras de pan bajo el brazo, o el joven que intenta encontrar sus llaves para entrar al bloque de enfrente, dando pasitos sin moverse del sitio, sin pena ni mucho menos gloria, porque con aquella borrachera ya era meritorio llegar a su portal.
El humo se dispersó totalmente cuando por fin el sol apareció, y con él, un frío que erizó los pelos de los brazos de Plinda. Evitaba el destino, o algo que se le parecía a veces, qué tonta se veía ahora con la botellita en la mano y el conjunto destrozado y sucio. Vaya idea de Plinda, que fue a echar mano del Galús, para encenderse otro cigarrillo más, y tiró de la pestañita del plastiquito, desenvolviendo elegantemente la apertura de la cajetilla. Dejó una mella central al extraer y llevarse a los labios el primero de la mañana, el primero del paquete, por lo tanto el comenzar del día. No más drama, llegó a pensar. Una vez el cigarro sobre los labios, rebuscó en el bolso, manoseando los artilugios que salían a su paso, intentando encontrar algo concreto, pero no estaba, algo que ya sabía que no tenía… Recordó súbitamente las manos del encapuchado… porque Plinda no tenía mechero.

domingo, 28 de febrero de 2021

El neón rosa de Bob Dylan.

Últimamente no me atrevo a expresarme más allá de unos papeles que tengo a medio escribir, como un texto en piedra antigua inamovible. Escuché hace poco (otra vez) el The Freewheelin' de Bob Dylan, un disco que escuché en un intento petulante adolescente de parecer intelectual. Pero aprecié ese disco con la argentina, como las notas sordas de Johnny Carter, sin mucha astucia ni mucho revuelo. 
Un neón más, pensé, un metalenguaje íntimo más, imaginé, siempre movido por la portada, que ese disco estaba cantado justo después de bailar las sábanas (perdonen esta modestia rara) con la chica que salía en la portada junto a Bob, Joan Baez, si la memoria no me falla, y entonces el neón se encendía en alguna parte de la ciudad, se bailaban las camas, y luego una larga conversación de postramiento contra las almohadas, aunque por motivos no esclarecidos, esos dos de la portada conllevan una relación de ese estilo, de hablar después de. Como Dylan fumaba lo imagino con mucho humo todo. 
Que cada canción es como una conversación, un tema; de dónde es ella, qué piensa de la posibilidad de una tercera guerra mundial (permítanme decirle al señor Dylan, que vaya temita ha ido a sacar, pero bueno se entiende el romanticismo de la izquierda política estadounidense de los años 60. Me he cansado al escribir esto). Entiendo también por esto, que hay un trasfondo entre estos dos, que se han conocido en una mani anti-vietnam o algo así, que en trasposición con mi posición, lo entiendo, hay mucho mamoneo' en las distintas ramas políticas de mi época, imagino que en la suya igual, sólo que en vez de una guerra, habría que hablar de los sueldos de los profesores, o la construcción de una refinería, nada de una guerra ni gente muriendo a tiros en las manifestaciones, destilándose por estos lares  el gomazo más que la bala, cosa loable por nuestras fuerzas de seguridad del estado. Bueno, que el neón se apaga.



Alguna vez he intentado colocar este disco en situaciones similares a las planteadas, pero ciertamente, comprendo las desconexiones que esto supone. Primeramente porque me quedo solo escuchándolo, mientras la argentina dormía sudada porque en mi tierra hace calor, y bailar las sábanas era algo más algo tribal que una danza organizada. Apetece otra cosa. Pero en momentos como ahora, sin la petulancia adolescente ni el romanticismo político que me llegó a rodear alguna vez, el neón es de un color púrpura como de utopía, de ensueño, de estar viendo una película, una carretera pasar... Siempre me he preguntado qué hicieron después, ¿dormir? ¿suspirar y dormir? ¿despedirse? Me faltan datos y no creo que Bob Dylan sea tan sincero.








miércoles, 10 de junio de 2020

Celeminear II


Las fotos ya no sirven, apenas el desahogo, un pelín de buena suerte, pero llegan las verdades dadas de la mano, en corro y festejando. Veo cómo el texto se extiende en busca de un sentido que a cada palabra siento se aleja. Pero quedan las palabras escritas, esa clase de fe realizada para ingenuos como yo, que defraudan por perseguir algo que anda por ahí, que duerme y respira como cualquier sueño. Escribo esto como si fueran cartas, como las misivas de los primeros poemas a escondidas de tu vista, porque no quería interferir en unos latidos que deseaba limpios. Dejo estos conjuntos porque la esperanza vibra en algún altar oscuro que guardo tras manteles rosas, se transparenta, una silueta aparece a la que identifico como una vocal aguda, y necesito escribir dirigiéndome a lo que no conozco del todo bien, pero yo quiero creer que sí. No pararía nunca. Escribo canciones que no canto nunca más que en tabernas que me invento, y no las canto yo, siempre son otros, para camuflarnos en personajes pintorescos y con eso está bien. La melodía mereció la pena.


martes, 5 de mayo de 2020

Celeminear I.


Joanne Leonart, 1977.


Miraba un tomo II de las Poesías Completas de John Keats, y recordé la estantería de donde salió, encajado entre maderos gruesos de algún árbol oscuro. Como siempre trato de darle capas a todo, buscar una codificación válida en la que todas las filosofías que he estudiado, entren. 
Lugares en los que la masa de palabras, algo mucho más interiorizado, material puro que acongoja poco a poco, como un ardor en el pecho. Sí, me estoy perdiendo algo, cosa cuántica porque sé lo que es y lo que no es con la claridad de verdad dicha de frente. Sin más. El ardor y los mecanismos de los planos cinematográficos y sentidos; y ese no es Keats, es sólo un dibujo...

Justo suena Face It de los Beach Fossils. Me gusta la música que pinta sinuosas distancias entre el acorde y ella; entre las notas y escaleras que subían, porque no tenía ascensor. Ella por delante balanceando todo lo que sostiene su pisada. Luego recordé una frase de Sho-Hai que trata sobre la caballerosidad. Como me he sentido sucio, he pasado la mano por el pelo, lo he echado atrás. 
Suena Luno de Bloc Party. 

And your nose is bleeding,
you've been lying to me.

Un engaño y con sangre por medio.

Tengo una imagen repetida, algo de paz, una tienda abierta hasta entrada la noche. Venden tabaco. Ella, que aquí se podría llamar Loretta, hace rato que duerme semidesnuda, con la ventana abierta y en la parte oscura de la cama. La tienda ilumina todo el bloque. Un cartelón amarillo, el mismo que se cuela en la habitación como un ladrón de ruidos, y que la piel de Loretta intenta esquivar entre las sábanas, atosiga la vista y mis ganas de fumar. Vaya con fumar. No me gusta que la escena tenga tanto humo, parece irreal, un sueño. Y sé que no lo es.

La línea del bajo en Evil de Interpol es como una cinta de correr. Los miedos se atraen como esos muñecos de gomaespuma, con manos metidas controladoras desde algún punto. Para hablar únicamente mueven la boca y sus mandíbulas cuando las manos están realmente enfadadas. Surgieron vestidos  negros para dos señoras que al final se recriminan el mal cosido de los muñecos. Qué sé yo. Nunca vi acabar el videoclip de la canción.

No os preocupéis por Loretta, está a salvo, pese a su mentira de no sangrar y la de decir siempre la verdad. Pero aquí se le perdona todo. Veo a la anciana que me ha vendido el tabaco. Muy amable.  ¿Ya va usted a casa? No contesta. Pase buena noche. No contesta. Tomaré nota. El amarillo se apagó y seguro Loretta se ha despertao', se removerá sin tocarme porque estoy como a ocho metros en vertical, lejísimos.

Ahora suena... a ver. Amour Plastique de Videoclub. Aunque el canal de Youtube de esta parejita ahora se llama Adèle. Siempre pensé que el chaval no pintaba nada ahí. Podría salir únicamente ella y nada cambiaría. Hablo de Adèle.

Qui es-tu? Où es-tu? par les pleurs, par les rires.








Fragancias que son puertos en la ciudad.

Una perogrullada que no desentona, que te acoge como un abrazo mañanero, cuando las campanas de la parroquia doblan por algún muerto del pue...