Bestiario de Neones.
miércoles, 27 de septiembre de 2023
Fragancias que son puertos en la ciudad.
domingo, 12 de marzo de 2023
La pequeña agonía.
Un susto me ocurrió una vez en la Argentina con la Olitia. Tenía (ella) la clara voluntad de quedarse dormida. Normalmente lo hace cuando debe, pero si estoy cerca, ésta condición se agrava, estirándose en su plenitud de metro sesenta sobre mis piernas, mi pecho, abrazada por completo, diferentes posturas indómitas y maneras para, como digo, dormirse con una rapidez absoluta. Si está despierta y no hay nada que hacer, ceba mates para los dos constantemente, según ella por eso del Ser argentino, por Borges, por Cortázar, que si la Storni… y por Quiroga solía decir yo:
— Ese no es argento, che, es charrúa —servía bebida de los escritores, el mejunje de lectores pacientes: Agarrá la pluma y metele al papelajo ese, bonito —decía levantándose a poner algo de música.
— No me refería a ese Quiroga, maca —sí que lo hacía, solía confundir el río platense.
— A quién si no, charlatán.
— Un tal Facundo Quiroga— dije agarrando la calabaza con firmeza. Sorbiendo la bombilla.
— Dejá de joder y no inventés Facundos.
— Lees tanto que puedo verte el humo salir —decía yo cuando se gastaba el mate.
Olitia reía y seguía leyendo, iniciando el juego al dejar el marcador en la página y se erguía toda ella, desperezándose.
— Vos que sos mi Evita Perón —pregonaba cuando iba a requerirme algo: ¿podés traer pan y cacao, mi rey?
Y yo iba, daba el paseíto hasta la cocina, con el piso mojado tras la ducha de Olitia, descuidada como siempre. Seguía luego por la senda brillante que se había formado, con cuidado de no resbalar mientras mantenía equilibrios hasta llegar y arrodillarme al lado del colchón.
— Besame, salame, despacito ya sabés —me recogía por el muslo desde mi altura, arrodillado y encorvado tras acercarme al colchón, cerrando el beso que me pedía, la taza y el pan cambió de manos. Pasaba la tarde y me acoplaba a ella buscando el hueco que sus piernas desnudas y arqueadas. Se resolvía en mi intención rápidamente, con el libro descansando sobre el alféizar del ventanuco, entonces se giraba y ronroneaba hasta dormir, yo la besaba en el pelo.
— Hasta mañana, Evita —con los ojos ya cerrados, se camuflaban sus palabras entre el sueño y la pesadilla en cuestión de segundos.
Esto era lo habitual, la imagen que Olitia se empeñaba en mostrar. Pero a veces las voluntades no coinciden con el mundo, los miedos se hacen tangibles como el telefonillo que no paraba yo de pulsar y desde el cual no obtenía respuesta. Dale, dale, daaale. Llamé tres veces de corrido. No contestaba. De verdad creí por un segundo que su voz adormecida saldría al paso; eso, o salía ardiendo el timbre. Llamaba y nada.
— No creo que… —pensé un poco para que no cundiera nada—: imposible, no conmigo aquí abajo.
De repente recordé las botellas de vino desparramadas por el living, y los miedos juntitos de a poco… tangibles en su voz, en el nudo de la garganta. Eran miedos que ni Borges, ni Julio, ni yo su Evita…
— No me hagas esto, linda… —me llevé las manos a las caderas, dejando el equipaje a un lado (pues llegué esa misma tarde a la capital porteña, después de un llamado urgente de Olitia). Llamé decenas de veces, di alguna voz hacia el ventanuco allá arriba, menos mal que alguien bajó y pude subir hasta el rellano.
— No creo que me hayas hecho esto…
Recuerdo estar al borde del llanto ¿acaso otra cosa? Los sustos o el miedo, madre de dios, qué fatiga. La incógnita y lo peor, las pistas al misterio del desconocimiento. Giré dispuesto a ir a la gendarmería, temblando, estaba a solo dos calles. La imaginación pareció vencerse ante todas las explicaciones que ahora debería dar y debería darme. Recuerdo que el nudo en mi garganta era un nudo en cada fibra de mi cuerpo. Quizá pasó llamar a alguna ambulancia, pero para cuando llegaran no habría nada que hacer, además, conocía a Olitia, y ella no fallaría.
— Lo has vuelto a hacer —dije más como alivio que como reproche.
Olitia llevó sus ojos a mi equipaje, luego a mis zapatillas. Sus manos ahora escondidas en la espalda, escondiendo los cortes, mordisqueando su labio nerviosa. De alguna manera llegó a parecerme bello, hermoso, toda ella en la entrada del depto, genuina. No podía estar decepcionado con ella, con la argentinita; no más de lo que ella misma se decepciona. Dio un paso adelante sacando sus pies al frío rellano, me abrazó muy fuerte y muy despacio, sentí sus miedos por un segundo, sus voluntades vencidas una noche más.
— Me quedé dormida, rey… —dijo Olitia, cabizbaja, que agarró mi brazo y agarró el macuto del suelo: — Pasá. Vení que te cebe un mate.
viernes, 11 de noviembre de 2022
Para cuando respirar sea una quimera.
jueves, 25 de marzo de 2021
Un ser de luz.
El humo de las escaleras comenzaba a respirarse sin que nada estuviera prendido. Una chica bajaba las escaleras sin darle al automático de la luz. Un portazo resonó en todo el bloque. Salió afuera, a la calle, y qué mentiroso parecía todo; sentada en las escaleras del portal, ocultándose en la oquedad, bailoteando de nervios en el penúltimo escalón a la urbe, una de colores violáceos, azulados y naranjas, con negro incrustado, una noche eclipsada por las cientos de ventanas ardientes de los bloques. Hace rato dejó de llorar para aspirar el penúltimo cigarrillo que le quedaba, que resultó ser el último en aquella parte del edificio, allí abajo, a salvo de los pensamientos, donde todavía existían esperanzas futuras si quedaba uno por fumar. Todo dicho ya, decidido por siempre, y la cara húmeda e hinchada de llorar entre cuatro paredes, teniendo uno esos rostros que no quieres ver en nadie, especialmente en alguien como ella. Chocaba las punteras de sus botas negras, sólo por hacer algo, por no pensar, hacer de aquel par de metros de cuadrados de portal una bolita metafísica, una fantasía hermética.
domingo, 28 de febrero de 2021
El neón rosa de Bob Dylan.
miércoles, 10 de junio de 2020
Celeminear II
Las fotos ya no sirven, apenas el desahogo, un pelín de buena suerte, pero llegan las verdades dadas de la mano, en corro y festejando. Veo cómo el texto se extiende en busca de un sentido que a cada palabra siento se aleja. Pero quedan las palabras escritas, esa clase de fe realizada para ingenuos como yo, que defraudan por perseguir algo que anda por ahí, que duerme y respira como cualquier sueño. Escribo esto como si fueran cartas, como las misivas de los primeros poemas a escondidas de tu vista, porque no quería interferir en unos latidos que deseaba limpios. Dejo estos conjuntos porque la esperanza vibra en algún altar oscuro que guardo tras manteles rosas, se transparenta, una silueta aparece a la que identifico como una vocal aguda, y necesito escribir dirigiéndome a lo que no conozco del todo bien, pero yo quiero creer que sí. No pararía nunca. Escribo canciones que no canto nunca más que en tabernas que me invento, y no las canto yo, siempre son otros, para camuflarnos en personajes pintorescos y con eso está bien. La melodía mereció la pena.
martes, 5 de mayo de 2020
Celeminear I.
Miraba un tomo II de las Poesías Completas de John Keats, y recordé la estantería de donde salió, encajado entre maderos gruesos de algún árbol oscuro. Como siempre trato de darle capas a todo, buscar una codificación válida en la que todas las filosofías que he estudiado, entren.
Fragancias que son puertos en la ciudad.
Una perogrullada que no desentona, que te acoge como un abrazo mañanero, cuando las campanas de la parroquia doblan por algún muerto del pue...
-
Qué bello era ese cuadro de Gauguin, ¿cómo se llamaba? Ah sí, Naturaleza muerta con estampa japonesa. Mucho amarillo para mi gusto,...
-
Malka ya asciende por los peldaños de piedra que llevan a la sala del desván, sala más concurrida que el resto del edificio. Un par ...
-
Hola, Trilce, Tril: Qué cosas decir si nunca fui de hablar mucho. Ando equivocado y escribiendo una novela que no acaba. Tengo...



