martes, 21 de enero de 2020

Como si me recitara.




Un suave movimiento de alas, fuá, impresión alquímica en dos actos rigurosos  de antebrazos, y la seda cae contra un suelo mezclado de piedras pequeñas, distribuidas en cuadrados que son como marcas para teatro. Conjunto infame pero acompañante por siempre, con prenda o sin ella, un valor andante en vertical con sinuosos lenguajes teóricos, con dificultad prácticos.
Se acerca sin sonidos, arrastrándose en sombras porque el habitáculo lleva a oscuras un buen rato y el bar de abajo no termina de cerrar. Los vértigos aúpan el bienestar del colchón, mirándose unos a otros pero sin verse en la densidad profanada de la cena sin servir o los platos sin recoger. Una fina línea marca, como en el teatro, se coloca y dice su frase. Nadie sabe qué se ha dicho pero la imaginación vuela entre el respetable y las cruces no valen para nada. De acabar, prefiero clamar algo en Estocolmo y morir por suerte, como Camus, antes que por tener el balcón abierto y ver al Sena triste, como Deleuze.

Cuidados en ojos indecisos, suplicantes o febriles. Bajo la manta, una quimera ensalza los musgos crecientes al sol, sabiendo todo a su paso por las almohadas removidas y que huelen a malvàcies.


Fragancias que son puertos en la ciudad.

Una perogrullada que no desentona, que te acoge como un abrazo mañanero, cuando las campanas de la parroquia doblan por algún muerto del pue...