Se acerca sin sonidos, arrastrándose en sombras porque el habitáculo lleva a oscuras un buen rato y el bar de abajo no termina de cerrar. Los vértigos aúpan el bienestar del colchón, mirándose unos a otros pero sin verse en la densidad profanada de la cena sin servir o los platos sin recoger. Una fina línea marca, como en el teatro, se coloca y dice su frase. Nadie sabe qué se ha dicho pero la imaginación vuela entre el respetable y las cruces no valen para nada. De acabar, prefiero clamar algo en Estocolmo y morir por suerte, como Camus, antes que por tener el balcón abierto y ver al Sena triste, como Deleuze.
Cuidados en ojos indecisos, suplicantes o febriles. Bajo la manta, una quimera ensalza los musgos crecientes al sol, sabiendo todo a su paso por las almohadas removidas y que huelen a malvàcies.
