Malka
ya asciende por los peldaños de piedra que llevan a la sala del desván, sala más
concurrida que el resto del edificio. Un par de húngaros y una pareja irlandesa
caminaban descuidados entre los trapos, las banquetas, muebles y estatuas
cubiertas. Las sábanas de un blanco impecable se movían al crear corriente de
aire, dejando esquinas, dedos, patas de silla, espaldas, piernas contorsionadas,
figuras de pie o sentadas… todo era visto con un leve subir del trapo, casi
como si no se pudiera mirar y fuera delito estar allí plantados curioseando
cosas tapadas, que por algo lo estarán.
Pero a Malka le encanta venir al desván
para ver qué han subido allí. Menos mal que te dejan verlo, decía, hay cosas
aquí en la que no reparamos cuando están abajo. Asentí a su espalda mientras
miraba una figura que bien podría ser de Bernini, parecía asaltar a Malka. Ella
acarició con un dedo, casi sin tocar, la mano de la estatua florentina que
salió a su paso. Por lo que podemos ver, es un atleta tomando nota de algo en
una tablilla de piedra.
—
¿Por qué crees que es un atleta? — pregunta ella, tramando ya la respuesta que
quiere oír.
—
Está definido; musculado, ¿lo has visto? Es inverosímil —.
—
No creo que sea atleta, creo que es profesor, de gimnasia—.
De
un plumazo unió lo evidente, aunque seguramente no tuviera en absoluto nada que
ver, pero le dejaba esa ventaja porque siempre la merecía. El tiempo entre
nosotros hablaba.
—
Se parece a ti — me dice — pero él está más bronceado. Tú siempre has sido muy
blanquito —.
Hace
tiempo que no me besa tras un comentario hiriente. No me besa en los labios,
suele ser en las mejillas o la frente y con una compasión latente en el pulso
de sus comisuras. Salía de la marca con una sonrisita que para mí era un
pájaro, como un chillido animal entre muros de una pensión maltrecha. Un poco
por eso estamos aquí.
Llegamos
al hall, a estas horas de la noche hay un repunte y los que vienen de fiesta o
han trasnochado ya sea por estudio, trabajo u obligación, pasaban sus carnets
por la máquina expendedora en la entrada. La cúpula central dejaba entrar unos
rayitos de luna llena, dando la bienvenida al horario plenamente nocturno, sólo
indicado para unas fechas concretas. Muchos miran los grandes cartelones que
cuelgan desde los balcones superiores, como esa ballena en ese museo
estadounidense, o esos aviones colgantes del Smithsonian. Anuncian que esta
noche los personajes rusos estarán sueltos hasta las tres de la mañana, que por
favor, no interactúen mucho con ellos.
—
Eso es porque están enfadados, te lo digo yo — me dice Malka, ansiosa por tomar
una cerveza.
—
Siempre quise ver al zar con su hijo, fíjate qué escena para presenciar… —.
—
Te gusta el dolor ajeno… te gusta verlo, pero no quieres que suceda. Eso es
raro. Tú no quieres ver eso, créeme —.
—
No es raro, son circunstancias… No me gusta verte sufrir por tu alcoholismo, y
aquí estamos. Menos mal que esto me gusta un poco.
—
Ya te lo he agradecido, ¿qué más quieres? Hoy es el último día del horario
nocturno y no he podido ver ningún pasaje… Es la primera vez que me traen a
este museo —.
—
Vengo de buena gana, no te disgustes. Mira, creo que están abriendo.
La
cafetería del museo era alta, con grandes ventanales y pasillos que conectan
los distintos ambientes. Hay barras que rodean los grandes pilares que se
extienden hasta el techo acristalado, del cual cuelgan lámparas enormes
quedando a unos cuatro metros sobre nuestras cabezas. Los visitantes se
dispersan con cafés, cubatas, cervezas o tablas de chupitos con algunas obras
famosas impresas, como La Noche Estrellada, muy sucia por ser la más
solicitada. Nosotros cogimos sitio en una mesa pegada a un ventanal. Dos
sillones enfrentados y separados por una mesa baja, idearon la antesala para ir
a ver el resto del museo. Malka bebe una pinta de cerveza negra, yo decido
seguirla, siempre me gusta seguirla porque así no tengo que elegir nada.
—
Creo que me voy a emborrachar, no sé bien que he pedido —.
Desconocía
si su tono era el de deseo o del destino.
—
¿Crees que te irá bien? — pregunté mostrando preocupación.
—
Creo que irá, déjalo estar — decía y se bajaba la falda que le pasaba las
rodillas y llegaba hasta pasado el ombligo. Cogió un cigarro de mi chaqueta apoyada
en el respaldo de una silla vacía cercana. Las creencias se fundían en las primeras
caladas de mi amiga, deseosa de moverse, ansiosa por hacer algo.
Algunos
jóvenes armaron jaleo y los guardias tuvieron que llamarles la atención, creyeron
reconocerla. Las multas por interactuar con las pinturas son cuantiosas y lo
graban todo aquí dentro.
—
¿Vas a estar por aquí este finde? — me pregunta Malka con la mirada baja y jugueteando
con el servilletero. El museo se me antojó excusa pero no quise hacer mella, prefería
tenerla allí conmigo esos minutos previos.
—
Vendré a verte, pero hasta el invierno que viene no podré — el horario nocturno
empezaba tras las navidades.
—
Entiendo… — miró su cerveza, todavía algo extrañada y la bebió de un trago —
vámonos, me voy a meter en un lío.

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