viernes, 11 de noviembre de 2022

Para cuando respirar sea una quimera.



Tengo múltiples héroes de ánimo. Parches de soslayo que se caen entre canción y canción. Héroes que me traen problemas, por lo que todo se ajusta a algo más parecido al antihéroe. Que pase la siguiente en el reproductor.
No quiero hacerme entender porque sería desnudarme, quiero explicar lo que alguna vez creo que entiendo. Hay acordes que están como ocultos; disparadores de imágenes asociadas a cierta nota cantada, o cierto rasgueo de guitarra o cierto sonido de sintetizador. Es bastante duro, porque estos recuerdos son como presos excarcelados, con una libertad repentina que les invade a urdir el plan de escape. Por supuesto, gran parte de estas fugas son reprendidas con el día a día, con la imposibilidad de desdoble del tiempo, con la amarga sensación de tener algo pendiente, de saberte, a la vez, a salvo de la realidad porque solo son héroes recordados; se arremolinan todos como pequeños placeres ocultos, bombones de licor MonCherie, que los tenía prohibido de pequeño, asumo que por un mal atracón. Ahí va un héroe.

Otro tiene que ver con una berlingo y con Trilce aprisionada en contra de su voluntad en la parte de atrás, sosteniéndome la mirada, mientras yo con la mano, en un gesto miedoso y pueril, saludo a la corte que la raptaban, marchándose por el ruedo lastimosamente.
La verdad era que Trilce estaba en mi pueblo sin permiso de sus padres, y justo dio la casualidad que al despedirnos en la estación, aparecieron sus progenitores. Yo ya tenía música puesta en el mp3. No pasó a mayores, al menos allí mismo y por la parte que me toca. Es más, siempre me he sentido bastante mal porque romanticé todo aquello hasta niveles que más tarde me apuñalarían por la espalda. Otro héroe. Otro hueco en el pedestal.

El conjunto de la melomanía nostálgica no es más que un panteón de héroes caídos en grandes combates; estatuas ecuestres en grandes plazoletas por las que hoy en día únicamente pasan coches, sin prestar mucha atención. Existe como un turismo musical alrededor, una demostración ingrata de la contemplación, un Broadway propio con musicales cutres. Acuérdense de los bombones MonCherie y su veneno interior.
¿Qué será de Trilce ahora que no me escucha, ahora que no sabe lo que escucho? Me pregunto si es una de las fugas, se fugó de verdad; una duda asaltada, una pregunta sobre la pertenencia en el deseo aquel del que hablaba Hegel, si es que alguna vez le entendí. Otro bombón de licor.

Y hablando de preguntas, una vez, después de venir del último día que iba a pasar en la ciudad que regentábamos, me atajó después de recoger los platos por mitad del pasillo, y soltó como si nada: ¿Echarás de menos este piso? Arrogante de mí, seguro de los géneros musicales de entonces, dije que no, que pisos como aquel habría miles en ciudad distintas, con otros nombres. No, no lo echaría de menos.
Claramente me equivocaba; claramente hubo un juicio donde la pena era una caja de MonCheries y una celda para otro héroe recordado, sólo que yo no era consciente de la sentencia, me limité a lavar los platos rápido porque quería tumbarme junto a Trilce a echar la siesta.

Fragancias que son puertos en la ciudad.

Una perogrullada que no desentona, que te acoge como un abrazo mañanero, cuando las campanas de la parroquia doblan por algún muerto del pue...