Una perogrullada que no desentona, que te acoge como un abrazo mañanero, cuando las campanas de la parroquia doblan por algún muerto del pueblo; diría que el olfato es un arma poética poderosa, sino la más poderosa, ya que recae en una inhóspita situación no buscada, ni siquiera atisbada entre el crisol de experiencias de la calle, del cambio de ambientes, del cambio de sábanas.
Ha pasado un tiempo pero importa poco cuando golpea el ánimo una ráfaga de... Ha pasado tiempo desde que mis fosas nasales adquirieron inocentemente los olores concretos de Trilce, el amor que es todos los amores, igual que todos los fuego el fuego, ya he hablado de ella. Pero le debo el nacimiento de un bestiario de luces brillantes, ventanas amedrentadas por la lluvia, y un amor casi novelístico -que no novelesco, quizá algo nivolesco- y desatado. Porque Trilce es todas las amante la amante, y hay fragancias que comparte con otras personas, con otros besadores de llagas; otros que han pasado por la habitación a medio iluminar, con la cama a medio hacer y el montón de ropa de la silla soportando estoico el fino rayo de sol de la siesta, dando vida a un polvo lento y desmenuzado, mientras Trilce se quita mi ropa y se pone la suya para ir a por algo de cenar.
Estoy pagando en la caja del supermercado y veo a Trilce pidiéndome que le abroche el sujetador mientras se ponía las zapatillas, porque ha pasado tiempo y he comprado unas sábanas nuevas, y en este supermercado deben vender el mismo desodorante que se rociaba ella con descuido, uno de envase azul turquesa, que más tarde alcanzaba el rayito de sol cada vez más tenue.
Hace tiempo ya que no sé nada de Trilce, ojalá sea feliz. Ni siquiera recordaba el color del bote, pero súbitamente en el embolsado de unas compras que no vienen a detalle, quizá la boticaria del supermercado -porque todo dependiente tiene algo de boticario- llevase puesto el mismo desodorante que Trilce, incluso diría que se parecía a ella, a Trilce, porque Trilce es todos los amores el amor, todos los olores el olor. Imagino que ahora Trilce se estará levantando de una cama vaya usted a saber dónde, que un olor llegará desde la cocina, o desde debajo de la cama, quizá sí; a lo mejor es también una cuestión textil, quizá un olor particular de un cajón que se abre, o abrir una bolsa de patatas, esas en particular que me gustan, y Trilce se estará levantando de la cama adormilada, pero estará caminando conmigo en el súper, perdiendo el tiempo en las especias, porque hay muchas y no sabíamos para qué se usaban y al final siempre cogíamos las mismas, las confiables; imagino que ella se sentirá confundida, alegrada o apesadumbrada, por eso quiero que esté feliz, y vaya hacia la persona que ha removido esos libros del estante de arriba y la abrace, para en esa misma tarde encontrarse en la copistería, pidiendo apuntes de alguna materia con algún número romano detrás, porque recuerda el olor a fotocopia, que ni siquiera lo ha olido esta vez pero es capaz de imaginarlo, sonriendo para sí, abrazando a la persona que destapó el fluorescente, que es la misma que estaba en la cocina, porque todos los amores...
Espero que tras el abrazo, todo se haya ido tal y como vino, para que la pituitaria no le duela. Al final, salí del supermercado levantándome de la cama, cansado, cargando bolsas de plástico, escuchando las campanas doblar mientras el olor a gasolina del coche fúnebre llega a mi ventana, chasqueando la lengua, dando media vuelta para preguntar a la boticaria si allí vendían aquel desodorante azul turquesa.

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