martes, 24 de septiembre de 2019

La altura enlunada.

Nunca moriré por mis creencias, podría estar equivocado; o algo así escribió Russell. La primera vez que pensé en escribir un cuento fue agarrando la mano de la argentina, arrastrándome entre risas estúpidas y carantoñas varias entre los edificios que olían al césped del parquecito en mitad de los bloques. Miré hacia arriba y vi las ventanas iluminadas, las cortinas echadas y alguien fumaba en un balcón mirando el portátil alojado en sus rodillas. En el cuento habría un cielo negro y rojizo, signo de nublado, y una luz naranja lo atravesaría todo. Por algún motivo estético me fijé en las antenas y los recortes de los picos del cemento, que se alzaba poderoso amenazando con llover. Un vértigo incontestable, que dura apenas dos segundos y asciende desde alguna habitación del estómago, algo parecido a las mariposas del populacho, se queda alojado entre algún lóbulo y el resto del cráneo. Entonces abandoné las creencias y empecé a creer en ella como quién cree en Jesucristo.

Ese vértigo inconstesable reaparece en situaciones y en paseos. Porque el tiempo no es lo importante, es la distancia entre el mismo lo que molesta, no se entiende, no se ajusta y es algo ruinoso, ciertamente.

Eran las seis y media de la mañana, hace un ratito, no he dormido nada. Tengo textos que muevo por aquí en la pantalla. Llevaba varias latas que habían decidido alojarse en el entrecejo, decidí salir a por una más a la gasolinera 24 horas. El aire fresco me gustó tanto que caminé la avenida sin dejar de mirar las aceras, el ambiente. Gusto de atajar por zonas residenciales porque soy adicto a ese vértigo, a esa creencia. Aquella vez con la argentina fue la primera, algo que soy incapaz de olvidar pues el sentimiento ha ido siendo recurrente, la vez que elegí los colores de mi paleta. La sacudida ha aparecido desde entonces, ya no con ella, porque he logrado amar otras veces, y siempre es incontestable, no admite tregua ni prórrogas, es la necesidad misma de actuar, liberar las palabras.

Me he acabado la lata, creo que la depresión sigue mi estela, me he acostumbrado un poco. No sé por qué la frase referencia a Russell, pero como el maestro, cito de memoria y creo que todo esto tiene que ver con este poquito, no sé si ha quedado claro.


Fragancias que son puertos en la ciudad.

Una perogrullada que no desentona, que te acoge como un abrazo mañanero, cuando las campanas de la parroquia doblan por algún muerto del pue...