Las fotos ya no sirven, apenas el desahogo, un pelín de buena suerte, pero llegan las verdades dadas de la mano, en corro y festejando. Veo cómo el texto se extiende en busca de un sentido que a cada palabra siento se aleja. Pero quedan las palabras escritas, esa clase de fe realizada para ingenuos como yo, que defraudan por perseguir algo que anda por ahí, que duerme y respira como cualquier sueño. Escribo esto como si fueran cartas, como las misivas de los primeros poemas a escondidas de tu vista, porque no quería interferir en unos latidos que deseaba limpios. Dejo estos conjuntos porque la esperanza vibra en algún altar oscuro que guardo tras manteles rosas, se transparenta, una silueta aparece a la que identifico como una vocal aguda, y necesito escribir dirigiéndome a lo que no conozco del todo bien, pero yo quiero creer que sí. No pararía nunca. Escribo canciones que no canto nunca más que en tabernas que me invento, y no las canto yo, siempre son otros, para camuflarnos en personajes pintorescos y con eso está bien. La melodía mereció la pena.
miércoles, 10 de junio de 2020
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