domingo, 12 de marzo de 2023

La pequeña agonía.

fotografía de Horacio Coppola.

Los sustos o el miedo, madre de dios, qué fatiga. La incógnita y lo peor de todo, las pistas al misterio del desconocimiento. Miedo a no saber en qué lugar va cada palabra, va cada acto, cada intención en las palabras… Sentimientos de protección estos. Falsedades benignas. A veces hay que imaginar para llegar a realizar, estamos de acuerdo. 
Un susto me ocurrió una vez en la Argentina con la Olitia. Tenía (ella) la clara voluntad de quedarse dormida. Normalmente lo hace cuando debe, pero si estoy cerca, ésta condición se agrava, estirándose en su plenitud de metro sesenta sobre mis piernas, mi pecho, abrazada por completo, diferentes posturas indómitas y maneras para, como digo, dormirse con una rapidez absoluta. Si está despierta y no hay nada que hacer, ceba mates para los dos constantemente, según ella por eso del Ser argentino, por Borges, por Cortázar, que si la Storni… y por Quiroga solía decir yo:
— Ese no es argento, che, es charrúa —servía bebida de los escritores, el mejunje de lectores pacientes: Agarrá la pluma y metele al papelajo ese, bonito —decía levantándose a poner algo de música.
— No me refería a ese Quiroga, maca —sí que lo hacía, solía confundir el río platense.
— A quién si no, charlatán.
— Un tal Facundo Quiroga— dije agarrando la calabaza con firmeza. Sorbiendo la bombilla.
— Dejá de joder y no inventés Facundos.

Y había que hacerle caso, normal, caminaba por el depto. en camisa larga y ancha, algo vieja, en ropa interior de aquí para allá creando remolinos de aire que parecían de monte suizo. Encantaba verla con sus nervios latinos a flor de piel, quejándose amargamente de la situación de la poesía en el país. 
Jugaba con los rayitos de sol que se colaban por la única ventana de la habitación, de sus piernas nacían y se derramaban por el piso pequeñas hebras de tabaco, empeñada en liar un cigarrillo mientras camina de la cocina al salón, del salón al baño, donde podía escuchar el tarareo de un tango viejo que le cantaba su abuelo. Entonces llegaba envuelta en vapor bajo una toalla morada, toda repeinada hacia atrás, iniciando una gota que terminaba al final de su espalda.
Olitia pecaba de ser algo torpe con las nimiedades de la vida, sacando la lengua en un signo absoluto de concentración,; para escribir, para amar, para leer a la Garro…aunque siempre acababa por liar el cigarrillo y se echaba a mi lado con la clara voluntad de fumar y dormir. Me solía usar como cojín, cama, almohada improvisada, siempre, remetiendo su rostro entre mi cuello y el pecho, notando la respiración caliente del sueño profundo.

Lee con fervor El Aleph, despatarrada de aquella manera en el colchón bajo el televisor, empotrado contra el ventanuco del ático porteño. La brisa y el calor de Buenos Aires emanan del pelo de Olitia:
— Lees tanto que puedo verte el humo salir —decía yo cuando se gastaba el mate.
Olitia reía y seguía leyendo, iniciando el juego al dejar el marcador en la página y se erguía toda ella, desperezándose.
— Vos que sos mi Evita Perón —pregonaba cuando iba a requerirme algo:  ¿podés traer pan y cacao, mi rey?
Y yo iba, daba el paseíto hasta la cocina, con el piso mojado tras la ducha de Olitia, descuidada como siempre. Seguía luego por la senda brillante que se había formado, con cuidado de no resbalar mientras mantenía equilibrios hasta llegar y arrodillarme al lado del colchón.
— Besame, salame, despacito ya sabés —me recogía por el muslo desde mi altura, arrodillado y encorvado tras acercarme al colchón, cerrando el beso que me pedía, la taza y el pan cambió de manos. Pasaba la tarde y me acoplaba a ella buscando el hueco que sus piernas desnudas y arqueadas. Se resolvía en mi intención rápidamente, con el libro descansando sobre el alféizar del ventanuco, entonces se giraba y ronroneaba hasta dormir, yo la besaba en el pelo.
— Hasta mañana, Evita —con los ojos ya cerrados, se camuflaban sus palabras entre el sueño y la pesadilla en cuestión de segundos.
 
Esto era lo habitual, la imagen que Olitia se empeñaba en mostrar. Pero a veces las voluntades no coinciden con el mundo, los miedos se hacen tangibles como el telefonillo que no paraba yo de pulsar y desde el cual no obtenía respuesta. Dale, dale, daaale. Llamé tres veces de corrido. No contestaba. De verdad creí por un segundo que su voz adormecida saldría al paso; eso, o salía ardiendo el timbre. Llamaba y nada.
— No creo que… —pensé un poco para que no cundiera nada—: imposible, no conmigo aquí abajo.
De repente recordé las botellas de vino desparramadas por el living, y los miedos juntitos de a poco… tangibles en su voz, en el nudo de la garganta. Eran miedos que ni Borges, ni Julio, ni yo su Evita…
— No me hagas esto, linda… —me llevé las manos a las caderas, dejando el equipaje a un lado (pues llegué esa misma tarde a la capital porteña, después de un llamado urgente de Olitia). Llamé decenas de veces, di alguna voz hacia el ventanuco allá arriba, menos mal que alguien bajó y pude subir hasta el rellano. 
Me tranquilicé un poco subiendo las escaleras, quizá no estaba en casa, sin más, pero Olitia… ella sabía que llegaba esa mañana. Llamé a la puerta, nada. Estuve llamando largo rato, incluso algún vecino sacaba su cabezota buscando el origen de las voces, otra historia porteña más, Buenos Aires, che… 
Grité alguna cosa más, algo desesperado, no contestaba al teléfono, no se me ocurría mucho más… fui a la ventana de la cocina que daba al patio interior. Escuchaba la ducha, escuché al agua caer con violencia, sin nada que cortase el flujo hasta la bañera. Un sonido del terror para mí en ese momento, imaginé el agua corriendo por la piel…
— No creo que me hayas hecho esto…
Recuerdo estar al borde del llanto ¿acaso otra cosa? Los sustos o el miedo, madre de dios, qué fatiga. La incógnita y lo peor, las pistas al misterio del desconocimiento. Giré dispuesto a ir a la gendarmería, temblando,  estaba a solo dos calles. La imaginación pareció vencerse ante todas las explicaciones que ahora debería dar y debería darme. Recuerdo que el nudo en mi garganta era un nudo en cada fibra de mi cuerpo. Quizá pasó llamar a alguna ambulancia, pero para cuando llegaran no habría nada que hacer, además, conocía a Olitia, y ella no fallaría. 
Me disponía a bajar en un paso fúnebre hasta la gendarmería, al borde de volverme loco y gritar por todo el bloque en mi descenso a la locura, cuando en mi cabeza entró un sonido metálico deslizándose tras de mí. La puerta a la que había gritado se abrió, mostrando una Olitia derrotada, con sangre seca en los antebrazos, mocos secos bajo la nariz menuda, enrojecida de tanto llanto, envuelta toda su persona en una de mis camisetas que la cubrían hasta las rodillas, cuerpecito enclaustrado. 
Los pechos rebosaban creando un mapa físico del Ser argentino, con lamparones formados por lágrimas amargas y solitarias, las peores de todas. Su pelo corto y despeinado se levantaba en formas irregulares haciéndome reír de puro nervio. Olitia tuvo que adivinar mi enfado, mi tragedia, mi decepción, mi culpa que llegaba a sus pies desnudos, tras una promesa rota aquel día de calor.
— Lo has vuelto a hacer —dije más como alivio que como reproche.
Olitia llevó sus ojos a mi equipaje, luego a mis zapatillas. Sus manos ahora escondidas en la espalda, escondiendo los cortes, mordisqueando su labio nerviosa. De alguna manera llegó a parecerme bello, hermoso, toda ella en la entrada del depto, genuina. No podía estar decepcionado con ella, con la argentinita; no más de lo que ella misma se decepciona. Dio un paso adelante sacando sus pies al frío rellano, me abrazó muy fuerte y muy despacio, sentí sus miedos por un segundo, sus voluntades vencidas una noche más. 
Su rostro se hundía a la altura de mi pecho, nos separamos un poco, tenía los ojos grandes y empapados. Se mesó un poco el pelo y me miró con sinceridad. La ducha, la noche… seguían allí de fondo entre culpas repartidas ahora; uno por no estar, otra por no querer estar. La tormenta se avecinaba tibia y liviana en el cielo de Buenos Aires.
— Me quedé dormida, rey… —dijo Olitia, cabizbaja, que agarró mi brazo y agarró el macuto del suelo: — Pasá. Vení que te cebe un mate.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Fragancias que son puertos en la ciudad.

Una perogrullada que no desentona, que te acoge como un abrazo mañanero, cuando las campanas de la parroquia doblan por algún muerto del pue...