lunes, 23 de septiembre de 2019

Una página que me dejaron escrita.

Tengo una edición pequeñita de Hojas de Hierba de Walt Whitman. Una de mis novias me lo regaló dejando una nota al final, en la última página, que me ha hecho recordar al loco de Andrés Fava. Voy a transcribir la nota, la de Andrés:
De los Grados del Querer.
Querer en el recuerdo - No hay exactamente un recuerdo, sino emociones y sentimientos que en el recuerdo persisten adheridos a su materia deseada y servida.

Creo que define la nostalgia, que ya hay palabra para eso. Imagino que Cortázar lo escribió siendo Fava y no Julio. Es como explicar eso de la poesía con aquello de las imágenes, tocando niveles metafísicos intensitos que no entiendo. Para mí es complicado y sencillo. Podría hablar del querer, la poesía, escribir o fútbol, qué mas da. Siempre es así, complejo y fácil. Leo la nota cuando pasa el tiempo azaroso necesario, uno que va desde que esa mujer no pasea cerca hasta el momento exacto que decide escribirme esa letanía. Vaya momento tuvo que ser. Tengo un nudo en la garganta porque cuando leo este tipo de cosas es como leer el diario de un muerto, y eso me apena profundamente. Siento haber sido así pero todo va hacia delante y no hacia atrás. En los grados del querer siempre estoy arriba, eso seguro, tengo mis carencias pero bueno, para eso está un poco esto, creo. Como siempre, qué mas da. La nota está memorizada, por supuesto, con lugar privilegiado en la colección de momentos, notas, pulseras, tickets de tren, cine, facturas del burger y artículos que sé que los conservo por algún motivo. Encontrar papeles corroídos en vaqueros desgastados o en bolsillos olvidados. Lo peor, y a la vez magia del asunto, es que nunca es a propósito. Tengo la suerte de querer leer a los mejores, quise leer a Whitman y pam, te embriaga la culpa. Porque algo habrás hecho mal si esa mujer que te quiso decidió no hacerlo, o no la dejaste amar como ella quería. Te ha brindado con esa magia en la última página, reclamando un amor que sabía que se gastaba. Y esa humildad es la que me corroe, la suya, no la mía, porque siempre creo que su humildad es más pura, más pesada. Yo acuso a las lágrimas y sigo leyendo porque no tengo otra cosa que hacer.


Fragancias que son puertos en la ciudad.

Una perogrullada que no desentona, que te acoge como un abrazo mañanero, cuando las campanas de la parroquia doblan por algún muerto del pue...