Últimamente no me atrevo a expresarme más allá de unos papeles que tengo a medio escribir, como un texto en piedra antigua inamovible. Escuché hace poco (otra vez) el The Freewheelin' de Bob Dylan, un disco que escuché en un intento petulante adolescente de parecer intelectual. Pero aprecié ese disco con la argentina, como las notas sordas de Johnny Carter, sin mucha astucia ni mucho revuelo.
Un neón más, pensé, un metalenguaje íntimo más, imaginé, siempre movido por la portada, que ese disco estaba cantado justo después de bailar las sábanas (perdonen esta modestia rara) con la chica que salía en la portada junto a Bob, Joan Baez, si la memoria no me falla, y entonces el neón se encendía en alguna parte de la ciudad, se bailaban las camas, y luego una larga conversación de postramiento contra las almohadas, aunque por motivos no esclarecidos, esos dos de la portada conllevan una relación de ese estilo, de hablar después de. Como Dylan fumaba lo imagino con mucho humo todo.
Que cada canción es como una conversación, un tema; de dónde es ella, qué piensa de la posibilidad de una tercera guerra mundial (permítanme decirle al señor Dylan, que vaya temita ha ido a sacar, pero bueno se entiende el romanticismo de la izquierda política estadounidense de los años 60. Me he cansado al escribir esto). Entiendo también por esto, que hay un trasfondo entre estos dos, que se han conocido en una mani anti-vietnam o algo así, que en trasposición con mi posición, lo entiendo, hay mucho mamoneo' en las distintas ramas políticas de mi época, imagino que en la suya igual, sólo que en vez de una guerra, habría que hablar de los sueldos de los profesores, o la construcción de una refinería, nada de una guerra ni gente muriendo a tiros en las manifestaciones, destilándose por estos lares el gomazo más que la bala, cosa loable por nuestras fuerzas de seguridad del estado. Bueno, que el neón se apaga.
Alguna vez he intentado colocar este disco en situaciones similares a las planteadas, pero ciertamente, comprendo las desconexiones que esto supone. Primeramente porque me quedo solo escuchándolo, mientras la argentina dormía sudada porque en mi tierra hace calor, y bailar las sábanas era algo más algo tribal que una danza organizada. Apetece otra cosa. Pero en momentos como ahora, sin la petulancia adolescente ni el romanticismo político que me llegó a rodear alguna vez, el neón es de un color púrpura como de utopía, de ensueño, de estar viendo una película, una carretera pasar... Siempre me he preguntado qué hicieron después, ¿dormir? ¿suspirar y dormir? ¿despedirse? Me faltan datos y no creo que Bob Dylan sea tan sincero.
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