Llueve con fuerza oscura, con aire nocturno sobre las tejas rojizas del edificio de enfrente. La ventana deja entrar la brisa de las gotas otoñales, navegando por entre las cortinas precipitadas sobre el escritorio bajo los cristales, aspavientos suaves. Todo está rojo como en Buenos Aires. Hay un plástico verde redondo, translúcido y manchado, con restos de tabaco y macoña de interior, que descansa sobre la columna de folios pintados a una cara; caligrafía china impecable, dibujos a carboncillo del mismo edificio de las tejas, un par de acuarelas y varios poemas. Unas luces navideñas de un amarillo apagado sobrevuelan las sombras del sol gris que está oculto ya. Las farolas se encienden.
Renata arropada hasta el pelo, hundiendo su cabeza en la almohada, dormida, cansada. El plástico verde comienza a girar alegremente con sonidos rítmicos, un rugido entre giro y giro. Con sumo cuidado de hacer el menor ruido posible, sigue su sombra hasta la silla de una mesa más pequeña pero igual de alta que el escritorio, habitación adentro, debajo de un tablón de corcho con fotos y dibujos. Recoge con unas pinzas de tender las cortinas, que no paraban de moverse, iba a llover de nuevo, notando la corriente de aire nada más asió la tela.
El ordenador de sobremesa iba a tardar en arrancar, pensó mirando el cuerpo desnudo de su amante, oculto bajo la colcha, soñando con ella seguramente. Las cajas de pizzas se colocaban una encima de otra en una esquina, los montones de prendas en la silla, el cuaderno sobre la cama, a sus pies... Justo un haz de esos anaranjados de la calle pegaba bofetadas a las letras escritas, en la página húmeda y arrugada, en la pierna recién asomada.
Rena miró por la ventana, se dio cuenta del frío agotador mañanero, había estado engarrotada en sí misma, durmiendo en posición fetal, amarrada a la sábana que había colocada entre sus rodillas. El pantalón de chándal que cogió hacía ni cuatro horas esperaba arrugado.
