Un ser de luz
El humo de las escaleras comenzaba a respirarse sin que nada estuviera prendido. Una chica bajaba las escaleras sin darle al automático de la luz. Un portazo resonó en todo el bloque. Salió afuera, a la calle, y qué mentiroso parecía todo; sentada en las escaleras del portal, ocultándose en la oquedad, bailoteando de nervios en el penúltimo escalón a la urbe, una de colores violáceos, azulados y naranjas, con negro incrustado, una noche eclipsada por las cientos de ventanas ardientes de los bloques. Hace rato dejó de llorar para aspirar el penúltimo cigarrillo que le quedaba, que resultó ser el último en aquella parte del edificio, allí abajo, a salvo de los pensamientos, donde todavía existían esperanzas futuras si quedaba uno por fumar. Todo dicho ya, decidido por siempre, y la cara húmeda e hinchada de llorar entre cuatro paredes, teniendo uno esos rostros que no quieres ver en nadie, especialmente en alguien como ella. Chocaba las punteras de sus botas negras, sólo por hacer algo, por no pensar, hacer de aquel par de metros de cuadrados de portal una bolita metafísica, una fantasía hermética.
El pelo caía desastroso, enredado en la cabeza, uno rubio ceniza. Llevaba los hombros al
descubierto a través de un top con transparencias que preparó para esa noche, para que sinuosas formas se atrincheraran entre las
redes que formaban el conjunto, metido y desapareciendo bajo la cintura de una falda a
cuadros negros y rojos. Chocaba las botas militares que la hacían parecer más pequeña
de lo que era realmente, algo más nimia, pero a su vez más intimidante, las chocaba y sonaban apagadas, huecas, las miraba atenta con sus ojos marrones perdidos en un vacío inexplicable
que residía fuera de los mismos.
Se llevó las manos al rostro, todo estaba decidido, ya estaba
dicho, se cubría con los dedos los acomplejados llantos, tristes y dolorosos, a punto del
desborde. Las ganas o lo que fuera afloraban ecuánimes en todo el cuerpo; las piernas
temblaban y las náuseas iban o venían en batallas recordatorias, pequeñas escaramuzas
con resultados fatales en su memoria. Hundió la cara en las rodillas dejando caer lágrimas en el cemento corroído de los peldaños. El humo que se abrió arriba comenzaba a no estar presente, los pensamientos
comenzaban a agolparse seriamente. Se llevó a los labios su penúltimo cigarro, la compañía
del bastoncillo maligno empezaba a no importar de verdad, se estaba esfumando junto a todo.
La gente entraba o salía de los portales aledaños sin reparar en esa chica perdida, escena
común en aquella parte de la ciudad, repleta de estudiantes y de fiestas con disfraces
locos, borracheras y, por supuesto, dramas posadolescentes. Pronto el sonido que arrojaba
la calle era el de gente hablando muy alto, música a todo volumen desde las ventanas, ajenos a ella, al porqué seguía allí parada. Una falta de objetivos seria, se dijo a sí misma, pero todo estaba dicho, decidido en el
preciso instante de bajar las escaleras y casi matarse en el trayecto.
Pasó una larga hora, sus ojos simplemente fijos en algún punto inexistente, fuera de todo ambiente. Pensó, en un atisbo de vida, en el maquillaje destrozado, tanto esmero para nada. Reconoció en el rostro unas gotitas que debían ser negras, llegando al labio superior, el sabor desagradable a químico la saca del letargo. Tiene un pequeño bolso del que saca un espejito redondo. Al abrirlo, rápidamente identifica el rímel vertido, la sombra al traste, se ve en el espejito pero tampoco quiere estar ahí dentro, así que extrae una toallita del bolso, aplicando fuerza para quitar lo que quede, ver a alguien más querido, aunque fuera ella misma sosteniéndose la mirada, gesto desafiante a lo decidido, marcharse de allí, dejar el ego roto allí arriba, a ver si algo asomaba por algún cuadrante del espejito. Paseó la mirada un poco más allá del hombro, viendo la figura de una chica menuda sentada de espaldas a una puerta con cristaleras que empezaba a moverse gradualmente. Los cristales y los hierros se movieron desfigurando el paisaje del aparcamiento, creando una corriente de aire inesperado porque alguien salía del bloque. La persona emergida tomó asiento en el mismo peldaño que ella, colocándose las manos en las rodillas, emitió un largo suspiro. La chica no parecía muy sorprendida, mientras se desmaquillaba y devolvía el espejito redondo al bolso. Extrajo el último cigarrillo que le quedaba:
— ¿Tienes fuego? —preguntó ella sin mirar, atenta al bolso, buscando el mechero, que ahora no encontraba. De la manga de una túnica negra, la figura que emergió sacó un paquete de Galús, marca local, lo deposita con cuidado en el peldaño y lo desliza suavemente, hasta tocar el muslo encuadrado en unas medias de rejilla. Al notarlo, ella se giró bruscamente, pensando que era una mano fría, para descubrir el paquete sin abrir, con la pestañita lista para tirar y desgarrar el plastiquito, acceder a la apertura y hacer mella en sus pulmones, una simetría a destrozar. El susto no importaba si había un Galús sin abrir:
— Gracias… —la chica quedó un aliento vivo para que la persona misteriosa dijese algo, pero no lo hizo. En cambio, chasqueó los dedos de una mano, la derecha, que la tenía enguantada, y con un sonido irreal, una fuente de luz se depositó en el dedo del emergido, una llamita iluminó el portal, también el rostro de la chica, prendiendo el cigarrillo que llevaba en los labios desde que guardó el espejo. Aspiró y echó una bocanada, mirando extrañada la secuencia pero de alguna manera fascinada por aquellos trucos de magia:
— Tú no te preocupes por eso —dijo la voz misteriosa, que debía ser de chico joven, detrás de una capucha holgada: ¿Quieres algo más? ¿Quizá algo de beber? —.
— Un litro de cerveza estaría bien —dice ella echando unas bocanadas reflexivas. Pero total, qué importaba, estaba todo decidido.
De algún pliegue de la túnica apareció un litro de cerveza bien frío. Marca "el Tío Celiorno". Pasó el rato, ella bebía y fumaba por igual, sin escupir palabra. Apenas reparaba en la figura, había algo cotidiano en ella, se dio cuenta que llevaba una máscara de esqueleto, buen disfraz, pero no llegaba a ver mucho más; las manos las tenía entrelazadas como un monje, bajo las mangas anchas, en penitencia, en silencio indolente, disuasorio. Acabó el pitillo y se llevó a los dientes otro cigarro más que sacó del paquete nuevo; la figura, sin mediar palabra, chasqueó los dedos de su mano enguantada, la misma que antes, de nuevo una falange flamante se acercaba tímida hacia la punta de la nariz de ella, deteniéndose en la del cigarro. Prendido, le echa una bocanada a la cara y sonríe:
— ¿Qué haces aquí? ¿No esperan que subas? —dice ella, volviendo a llenar todo de humo y densidad.
— Nah, estoy dónde se me necesita —dijo él algo burlón: Yo también fumaré, si me permites.
Chasqueó los dedos otra vez y se encendió un cigarrillo del paquete que ella ofrecía en el aire, esperando poder ver más de la figura. Miró al bulto negro sentado a su izquierda, pensaba en él como alguien conocido, presente, no sentía miedo, aquella voz… La presencia (pues eso era lo único seguro, que allí estaba) posó el paquete de Galús en el peldaño, entre ambos, a modo de muro, de bloqueo inocente:
— ¿Cómo te llamas? —pregunta el encapuchado.
— ¿Acaso te importa? —.
— No demasiado… Pero alguno tendrás, un nombre es un nombre —.
— Un nombre es sólo una palabra, un sonido, ¿sabes? —.
— Me gustaría escucharlo… —.
Ella vaciló unos segundos mientras unas lágrimas encharcaban sus ojos marrones.
— Plinda… —dijo intentando deshacer el nudo de la garganta.
— Plinda… —.
Aguantaron ese silencio tan natural entre desconocidos. Plinda cerraba los ojos con fuerza para ahogar los sollozos intensos, que todo el teatro acabase de una vez por todas, el cigarrillo desprendía el humo entre sus dedos como una fogata en el claro de un bosque, en ninguna parte concreta, a la vista de todos. Era mejor pensar así, dejarse llevar, nada a lo que aferrarse, ni nada que asir excepto el tubo de tabaco, excepto al encapuchado:
— ¿Eres mago o algo así? —preguntó Plinda, arrancándose un par de miedos.
— Algo así —responde él sorprendido: Dime, ¿quieres algo más? —la figura miraba cómo se vaciaba el vidrio con cada trago.
— Ahora que lo dices… ¿tienes más cerveza por ahí dentro?—.
— Pídela —.
— Dámela —.
El encapuchado metió su mano enguantada (un guante igualmente negro, de algún material malo, de disfraz cutre) en uno de los pliegues y extrajo otro litro "Tío Celiorno", con su correspondiente bolsa de plástico verde opaco. Plinda miraba de pleno, sin vergüenza, entre asustada y divertida. Algo comprendió cuando las luces de la calle delinearon una calavera bajo la capucha, pensando que habría estado horas maquillándose para que le quedase una calavera tan perfecta. Plinda abrió la rosca de la botella no sin un esfuerzo notable, descubriendo una suerte de sonrisa entre esos dientes desnudos de la figura, que terminaban en una mandíbula recta, fuerte y blanca:
— ¿Por qué estás aquí? —preguntó el encapuchado.
— Ya ni lo sé… simplemente algo falla, ¿entiendes? —Plinda hablaba a los colores de fuera, que sí la escuchaban: estoy como rota, me duele el cuerpo sin dolor concreto, estoy cansada, desquebrajada por algún sitio que no conozco. Pero lo peor es que no importa… —cerró los ojos echando la cabeza hacia atrás, bebiendo y tragando con fuerza:
— A quién dices que no importa —preguntó el encapuchado.
Plinda sonrió por primera vez, bebió más cerveza, dio otra calada, reía como acordándose de algo de aquella noche:
— Qué más dará eso, te digo yo que ya no importa —.
— Ya entiendo… ¿por eso estás aquí, Plinda? —el encapuchado masticó cada una de las letras del nombre.
— Tú qué vas a entender, no sabes nada, no te conozco—.
— Oh, sé muchas cosas, créeme… —el timbre de su voz era más bien una ofrenda en las ondas, una invitación. De nuevo, silencio. Plinda buscó otro tubito de Galús. Derribó el tabique de no más de cinco centímetros, de cartón, que los había estado separando durante la conversación. Algunos esporádicos bajaban por los portales entre risas, se montaban en uno de los coches del aparcamiento, y se iban, dejándolo todo suspendido. Sacó dos cigarros, reprimiendo arcadas por tantos que llevaba seguidos. De nuevo, la mano enguantada chasqueó los dedos, suspendiéndolos en la llama etérea que brotaba de su uña:
— ¿Cómo haces eso? —Plinda compartió el humo con el encapuchado, encendió los dos cigarrillos y le cedió uno. La figura fumaba como mordiendo el filtro, sujetándolo con dientes:
— Oh, años de práctica. Pero es sencillo para alguien como yo. Por cierto, se te está acabando la cerveza.
De algún otro pliegue de su túnica, invisible con aquella luz del portal, sacó un quinto de whiskey Sillanza:
— ¿Te gusta el whiskey? —preguntó mostrando la botellita con su mano desnuda (la izquierda) hacia la luz limítrofe del portal, la frontera entre las sombras y las farolas altivas de los bloques, línea visual entre calle y portal. Plinda miró con ganas el quinto, sin percatarse de la mano que lo sujetaba. Buscó los ojos de su interlocutor, pero no logró ver gran cosa, salvo sombras en lo que serían los ojos, dejando sólo el brillo de su boca visible. Plinda recogió el quinto, ratificando su contenido en un trago largo que le hizo toser.
La noche parecía siempre la misma, suspendida en una incredulidad palpable, un lugar fijo y estático en el tiempo. Apenas recordaba nada de bajar las escaleras, con el corazón saliéndole por el pecho, otra vez como tantas, otro drama como tantos, fijándose en que la herida no cicatrizaba y Plinda solía llevar su corazoncito guardado tras una cremallera.
Las estrellas se movían y las canciones que sonaban en los pisos hacia la calle eran cada vez una distinta; hubo personas que salieron de los portales colindantes tambaleándose, la figura y Plinda se reían de ellos, de los coches que se marchaban o aparcaban, de los grupos llegando entusiasmados a llamar al telefonillo y pedir acceso a la fiesta que sea. Pero Plinda bebió el whiskey muy rápido, hasta hacerla llorar amargamente, como peor se puede llorar, y el whiskey le supo agrío como el agua de los mares, tampoco soportaba el regusto del rímel, que todavía lo notaba artificial en una cara hinchada por los lloros, que fuma, bebe, fuma y bebe…
— ¿Necesitas más? —preguntó la figura palpándose la túnica.
— No, no quiero más… Estoy bien así —.
Plinda intentó buscar la verticalidad, llevándose por delante los vidrios de los litros de cerveza, posados un escalón más abajo, que se hicieron añicos al tocar la acera:
— ¿Estás triste, Plinda? Veo mucho desapego a tu alrededor…
La preguntita molestó a Plinda, ya que notó el tono recriminatorio hacia aquella patadita a las botellas, tambaleándose con vértigo en el gesto, causado por las botas militares:
— No estoy triste, hace mucho que no. Estoy enfadada —.
El humo se mantuvo suspendido tapando a las dos figuras. Plinda miraba al aparcamiento, luego al encapuchado, que la miraba desde el interior de la capucha:
— Entonces, ¿qué puedo hacer por ti? —el sin nombre se puso de pie, casi sin movimiento, como flotando, apareciendo un escalón más abajo, justo tras el hombro de Plinda, que escuchaba una pregunta susurrada en su oído, como a través de un teléfono, algo ajeno al lugar:
— No sé… no lo sé… no quiero… ¿nada? —lo dijo dudando de sí misma, de la veracidad de la vida y del portal: No lo sé, de verdad… no quiero nada; nada de aquí, estoy enfadada con todo y todos sin razón. Bueno sí, en esencia, yo, y el problema del yo, y todas esas mierdas…
— No querer nada está bien, Plinda, tranquilízate —dijo el encapuchado muy despacio en un intento de consuelo, volvió a preguntar: ¿Segura que no necesitas nada más?—.
Plinda comprendió al fin, porque estaba decidido por ella cuando eligió la música, la ropa, qué decir, cómo amar, llamar al telefonillo nerviosa, esperar… Comprendió que llorar era inútil en todos los aspectos, que sus miedos estaban y fueron cuatro pisos más arriba, durmiendo sin preocupaciones, mientras ella corría escaleras abajo para no soportar el peso de una habitación a oscuras y nada que decir. Salir de allí e intentar no caer más, no precipitarse nunca más, quizá una última vez, porque estaba decidido:
— Me tengo que ir, Plinda —dijo la figura, todavía tras de ella: ¿Sabes ya lo que quieres?
Plinda fue rápida al responder, tenía claro cómo quería acabar la noche. Pidió otro quinto de Sillanza. El encapuchado lo sacó de algún bolsillo interior de la túnica. Posó la mano izquierda, la desnuda, frente a las narices de Plinda, para que cogiera la botellita. Ella la recogió, pudiendo ver una mano puro hueso, sin fibras ni carnes que la rodearan:
— Bueno, ahora sí. Debo marcharme. Volveré cuando me necesites… de verdad.
Cuando Plinda se giró para darle las gracias, no había nadie, sólo un fuerte olor a tabaco y alcohol, y una nube grisácea que navegaba hacia el cielo desde el portal, como una bocanada más. Plinda se vio a solas con el whiskey en la mano, observando detenidamente entre la sorpresa y un terror genuino el resto del habitáculo de tres paredes, allí seguía el telefonillo con su hilera de botones, los cristales del portal reflejando el aparcamiento...
Un paquete de Galús sin abrir estaba en lo que fue el asiento del encapuchado. Empezaba ya a salir el sol cuando enjuagó unas lagrimitas rebeldes que querían navegar hacia el precipicio de los pómulos. Tomó asiento no sin dificultad justo al lado del Galús y desenroscó el Sillanza. No sabía el tiempo que había transcurrido, le dolía la cabeza, pero había un cielo nublado mañanero, típico de otoño y meses invernales, que la animaron un poco; únicamente claridad, nubes y coches discretos intentando no despertar a todo el vecindario. Se sintió liviana, con fuerzas tras cada trago. Después de todo ya estaba…
Algo parecía importar ahora, ni que sean los colores o los transeúntes con barras de pan bajo el brazo, o el joven que intenta encontrar sus llaves para entrar al bloque de enfrente, dando pasitos sin moverse del sitio, sin pena ni mucho menos gloria, porque con aquella borrachera ya era meritorio llegar a su portal.
El humo se dispersó totalmente cuando por fin el sol apareció, y con él, un frío que erizó los pelos de los brazos de Plinda. Evitaba el destino, o algo que se le parecía a veces, qué tonta se veía ahora con la botellita en la mano y el conjunto destrozado y sucio. Vaya idea de Plinda, que fue a echar mano del Galús, para encenderse otro cigarrillo más, y tiró de la pestañita del plastiquito, desenvolviendo elegantemente la apertura de la cajetilla. Dejó una mella central al extraer y llevarse a los labios el primero de la mañana, el primero del paquete, por lo tanto el comenzar del día. No más drama, llegó a pensar. Una vez el cigarro sobre los labios, rebuscó en el bolso, manoseando los artilugios que salían a su paso, intentando encontrar algo concreto, pero no estaba, algo que ya sabía que no tenía… Recordó súbitamente las manos del encapuchado… porque Plinda no tenía mechero.

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