Salimos
de la cafetería, siendo cada paso un divertimento secreto en el que tanto Malka
como yo debíamos pasar desapercibidos. Paseamos entre las galerías que en
realidad eran pasillos que conectaban todas las salas. Cada poco tenía que
corregir a Malka, empeñada en subir por la primera escalera que veía. Tuve que
mirar un mapa, ubicarme, usted está aquí, no tan lejos del objetivo. Miré el
reloj. La pareja de húngaros señalaban las figurillas, miraban por el
microscopio, muy interesados en sus narices al parecer.
—
Vaya idiotas. ¡Idiotas! — le gritó Malka a la pareja de turistas, un poco desconcertadas
pues no entendían qué pasaba.
—
Pero cállate, que nos van a echar y van a descubrir todo — dije aparentando
seriedad, ocultando una carcajada dada a medias.
—
Pero van a coger conjuntivitis, o lepra, quién sabe — decía ella mientras la
llevaba por las galerías transparentes, acristaladas, intentando que no dijera nada a ningún
visitante, mirando el reloj por encima de sus hombros.
Llegamos
a la sala destinada a los autores franceses. Malka reconoció los pasillos,
ahora blancos y con halógenos frente a cada pintura. Sala siglo XX. Desde la
habitación pulcra veo al guardia en mitad del ambiente, mirando al Gauguin, asintiendo.
—
Es un lerdo, créeme, y un asqueroso — Malka se agachaba leyendo los nombres
diminutos a los pies de las fotografías y pinturas. Ya empezaban a llegar,
ahora los estudiantes y la otra pareja, la de irlandeses.
—
Entonces, ¿vendrás a verme? Promételo — se tambaleaba, acercándose febril por
la cerveza. Me cogió por la cintura, entrelazó sus manos bajo mi espalda. Apoyó
su cabeza en mi pecho, sabiéndose despedida.
—
Este finde, y posiblemente el que viene — dije mientras mi barbilla se clavaba
suave en su pelo rizado negro.
—
No me olvides, grábame para que puedas soñar conmigo —.
Malka
se separó. Noté sus manos calientes arrebatarme el juicio, que a poco vuela
demasiado alto. Entonces la vi perderse tras la pared, agarrando un marco
grueso blanco. Metía la cabeza y luego, como arrastrándose por un agujero tembloroso, se
introducía por completo en el interior del marco. Lo último que vi fueron sus tacones bajos desaparecer, agitándose cómicamente.
Miré
el reloj, planté mis pies frente a la fotografía de Malka, titulada así, Malka, 1995. Ya eran las dos de la madrugada, comenzaba
el horario nocturno. Miraba con ternura a la chica del rectángulo, tumbada y
mirando una ventana, preguntándose cosas. Siempre una ventana y siempre una
mirada, y nunca el deseo de socorrer, de alertarla que así no, que mire hacia
mí, hacia aquí. En un ratito saldrá, pero tendrá que hacerse la loca si me ve. Menos
mal que el horario nocturno permite esto. Los turistas caminan, el guardia se
ha plantado a vigilar de tal forma que no deja ver el Gauguin. Tampoco importa,
porque desde la sala contigua, la de los rusos, se escuchan gritos terribles,
desgarradores, como de un padre que ha perdido a su hijo.
