viernes, 6 de marzo de 2020

Museo Nocturno (Cuento: última parte)






Salimos de la cafetería, siendo cada paso un divertimento secreto en el que tanto Malka como yo debíamos pasar desapercibidos. Paseamos entre las galerías que en realidad eran pasillos que conectaban todas las salas. Cada poco tenía que corregir a Malka, empeñada en subir por la primera escalera que veía. Tuve que mirar un mapa, ubicarme, usted está aquí, no tan lejos del objetivo. Miré el reloj. La pareja de húngaros señalaban las figurillas, miraban por el microscopio, muy interesados en sus narices al parecer.
— Vaya idiotas. ¡Idiotas! — le gritó Malka a la pareja de turistas, un poco desconcertadas pues no entendían qué pasaba.
— Pero cállate, que nos van a echar y van a descubrir todo — dije aparentando seriedad, ocultando una carcajada dada a medias.
— Pero van a coger conjuntivitis, o lepra, quién sabe — decía ella mientras  la llevaba por las galerías transparentes, acristaladas, intentando que no dijera nada a ningún visitante, mirando el reloj por encima de sus hombros.

Llegamos a la sala destinada a los autores franceses. Malka reconoció los pasillos, ahora blancos y con halógenos frente a cada pintura. Sala siglo XX. Desde la habitación pulcra veo al guardia en mitad del ambiente, mirando al Gauguin, asintiendo.
— Es un lerdo, créeme, y un asqueroso — Malka se agachaba leyendo los nombres diminutos a los pies de las fotografías y pinturas. Ya empezaban a llegar, ahora los estudiantes y la otra pareja, la de irlandeses.
— Entonces, ¿vendrás a verme? Promételo — se tambaleaba, acercándose febril por la cerveza. Me cogió por la cintura, entrelazó sus manos bajo mi espalda. Apoyó su cabeza en mi pecho, sabiéndose despedida.
— Este finde, y posiblemente el que viene — dije mientras mi barbilla se clavaba suave en su pelo rizado negro.
— No me olvides, grábame para que puedas soñar conmigo —.

Malka se separó. Noté sus manos calientes arrebatarme el juicio, que a poco vuela demasiado alto. Entonces la vi perderse tras la pared, agarrando un marco grueso blanco. Metía la cabeza y luego, como arrastrándose por un agujero tembloroso, se introducía por completo en el interior del marco. Lo último que vi fueron sus tacones bajos desaparecer, agitándose cómicamente.

Miré el reloj, planté mis pies frente a la fotografía de Malka, titulada así, Malka, 1995. Ya eran las dos de la madrugada, comenzaba el horario nocturno. Miraba con ternura a la chica del rectángulo, tumbada y mirando una ventana, preguntándose cosas. Siempre una ventana y siempre una mirada, y nunca el deseo de socorrer, de alertarla que así no, que mire hacia mí, hacia aquí. En un ratito saldrá, pero tendrá que hacerse la loca si me ve. Menos mal que el horario nocturno permite esto. Los turistas caminan, el guardia se ha plantado a vigilar de tal forma que no deja ver el Gauguin. Tampoco importa, porque desde la sala contigua, la de los rusos, se escuchan gritos terribles, desgarradores, como de un padre que ha perdido a su hijo.

Fragancias que son puertos en la ciudad.

Una perogrullada que no desentona, que te acoge como un abrazo mañanero, cuando las campanas de la parroquia doblan por algún muerto del pue...