sábado, 16 de noviembre de 2019

Renata.


Leyó en uno de los folletos algo así como el sitio perfecto para tomar algo y escuchar música indie. Nada más entrar sonaba Salad Days de Mac Demarco. El ritmo pegadizo se colaba entre las conversaciones de las mesas. Rena se sienta en una mesa justo delante de la barra negra, de madera negra. /Salad days are gone/… Miró el grifo de cerveza, varias marcas y logotipos coloridos la animaban a pedir. Hay una pantalla detrás del barman donde pone el título de la canción y el artista que está sonando…/naaa-ranan-anana… naaa-rananana…/ Una pinta estará bien. /…uooohh oh oh ooh /. Pidió además un vaso de agua al barman, demasiado antipático como para ponerse a servir chupitos a esa hora…

Después de limpiarse la boca y de secarse las mejillas buscó la verticalidad. La encontró justo al apartarse el pelo pegoteado de la barbilla. Iba a vomitar otra vez. La gesta de seis pintas y siete chupitos de whisky barato… el ascensor quedó ambientado para esa semana. Salió a trompicones, apenas pudo abrir la puerta que daba al corredor, las luces translúcidas eran borrosas. Rena se tambaleaba, hacía muecas que podrían recordar a las que se practican a los bebés, sin rigor ni sentido. Tropezó después de que la puerta en el proceso de pligue, la golpease en la cadera teniendo que agarrarse a la baranda. Una gran nube cubría la altura que comprendía el patio interior. Miró al vacío.

Tiró las llaves contra el espejo de la entrada, creando un gran corte del que se desprendieron algunos trozos, su reflejo quedó desfigurado. Se desnudó por completo, casi a la carrera, se acarició los pechos en un gesto rápido y habitual, relajante, automático, de vuelta a la realidad. El camino a la ducha fue también translúcido. No encendió las luces del pasillo, la luz anaranjada de la noche ya estaba ahí, sus piernas reflejaban la franja, la sombra caminante negra cambia en cada pasito por el pasillo. Agarró el quicio de la puerta del baño. Buscó la llave de luz.

Con la toalla mal atada, se conjugaba una lágrima por el rabillo del ojo. El pasillo seguía en penumbras naranjas faroleras. Pudo distinguir las ropas tiradas por el suelo de la habitación. Se tumbó en la cama. Había luz encima del espejo que bien podrían ser orbes alienígenas, un poema de Apollinaire, senos de diosas antiguas, olvidadas, y en el centro, ella, coronada. Gran parte del maquillaje ya no estaba en su posición original. Tardó treinta segundos exactos en comenzar a tener pesadillas.


Fragancias que son puertos en la ciudad.

Una perogrullada que no desentona, que te acoge como un abrazo mañanero, cuando las campanas de la parroquia doblan por algún muerto del pue...