martes, 3 de marzo de 2020

Museo Nocturno (Cuento: primera parte).




Qué bello era ese cuadro de Gauguin, ¿cómo se llamaba? Ah sí, Naturaleza muerta con estampa japonesa. Mucho amarillo para mi gusto, incluso para Paul. Déjalo ya y camina. Los pasillos se alargan distantes, enormes, con todos esos ojos mirando cada resonar de las zapatillas. Hoy no hay mucho turista, podemos caminar sin apegos ni mostrar que íbamos juntos, admirando distintas pinturas en cada orilla de la galería.
Al cambiar de estancia dos estatuas de corte clásico saludan, despiden o desafían al caminante. Cada vez que llegamos a un cambio de estancia le echa una foto a la de la izquierda, o al contrario, hay muchas galerías.

Todas las figuras son como puntiagudas, con esas barbas afiladas siempre con la mirada altiva, despejando con los ojos el cielo acristalado. Luz blanca, amarilla, rojiza; violetas y azules cuando llegamos a los británicos, dispersaban los colores que más tarde se mezclarían con los flamencos y su oscuridad lacerante. Tiraba de tópicos, me quedaba mirando cada cuadro de más de dos metros allí quieto, esperando al arte. A veces encontraba verdadera satisfacción, sobre todo con Goya, otro tópico con mucho de real. Perdí la pista de mi cómplice mientras continuaba con aquella procesión, manos entrelazadas y a la espalda por el ya consolidado museo nocturno.
Deyanira coquetea con esa otra mujer, al menos eso me parece, así que pregunto al de seguridad, que siempre está observando a don Peter Paul Rubens, y me confirma que algo anodino está hablando con la figura borrosa sobre su cabeza, hablando hacia arriba y hacia atrás mientras juguetea con su pelo rubio. Anodino por su contenido, pero algo muy importante para el flirteo. Le pregunto si cree que está ligando. El guardia se sube los pantalones agarrándolos por el cinturón, respondió que sí.

En estas noches suelo fijarme mucho en los ojos de las mujeres pintadas sobre los murales. A veces es simplemente algo femenino. Soy muy enamoradizo, más cuando camino solo entre los románticos españoles, absurda y no tan absurda asociación que Malka suele corregirme. Veo vestidos ceñidos en mujeres que corretean con Madrid al fondo, a la orilla del Manzanares, logro casi reconocer y conocer a esa muchacha con el pelo muy rizado. Percibo una mancha rojiza que debe ser una especie de cintillo. La hace más guapa. Logro verla sonreír sin preocupaciones, de verdad, enseñaba los dientes. Luego me di cuenta que casi no se le veía la cara. Saltaba y contorsionaba su cuerpo, que ahora veo más claramente es una mancha verde con salpicaduras blancas sobre un plano amarillento, apagado, a la sombra de un árbol. El chulo madrileño alza los brazos en dirección a la mancha verde como si quisiera abrazarla o bailar agarrado a eso. Doy unos pasos atrás, ahí está la muchacha otra vez, girándose, pidiéndome agua porque está cansada de bailar.
— Que si tienes agua, el guardia me ha dicho que la cafetería todavía está cerrada —.

Aparece Malka, que es un poco como la del cuadro, como la mancha, algo sofocada después de perderse entre alemanes y los retales andaluces. Me pide que vayamos al hall y desde allí partamos al sótano, donde guardan las pinturas sacras.
No tengo agua que darle, afligida camina hasta ahogarse en la escalera que daba al primer piso. Miró hacia atrás antes de acaecerlas, haciendo un gesto con la barbilla para que la acompañara, una especie de invitación a un camino previsible. Pasaríamos entre algunas esculturas modernistas, muy pequeñitas, tanto, que usaban microscopios para apreciarlo todo en su orden.
— Ni se te ocurra apoyar los ojos ahí. Esto lo usa mucha gente —acusa ella a sabiendas de mi gusto por lo diminuto, también por su preocupación hacia mis ojos, lo más bonito que tengo, según su juicio. Dice apoyar, no usar, porque alguna consideración me tiene.
Descendimos por la rampa (de peldaños pasamos a rampas), las valkirias chocaban sus garras, sus alas y picos contra el mundo sostenido por Atlas, justo encima de la puerta, en un juego de esculturas y grabados. Malka pasa el arco. Detengo mis pasos y asciendo la barbilla. Las pinceladas apenas pude diferenciarlas de los brochazos de las paredes del rellano, pintadas bruscamente, con saltos abruptos y absurdos, incluso con salpicaduras de pintura caída, que se desprenden con los visitantes y las horas y la humedad del río cercano al museo.
— Este sitio se cae a trozos — comento a Malka, ya instalada en el sofá central de la sala sacra.
— Todo acaba por caer, incluso las frases — dice ella sin mirarme, atendiendo a los cristos y los panes de oro.
— Las frases no pesan nunca, eso es una ventaja.
— Quién dice que no.
Entonces pasa sus piernas por encima del sofá sin respaldo, girando la sala 180º grados. Enfrente ahora una virgen corre desnuda con Jesús en sus manos. Unos jinetes la persiguen.
— A veces soy como esa mujer que corre. Pero no veo a los jinetes, más bien sé que son ellos, pero ya. Los ojos que me fotografían para después gozarlo entre pigmentos no piensan mucho en mí, ni en ella, claro está. Tengo sed, Robi. ¿Qué hora es?
— Temprano, sigue cerrada — Malka agachó la cabeza.
— Bueno, entonces iremos a ver las estatuas, ¿no crees? En un rato será imposible estar aquí.
— Perfecto, — dije deseando que se moviera, no establecer contacto en aquella sala redonda, precedida por esas figuras aladas — vayamos al baño y subamos —.

Obedeció, perdiéndose tras una puerta automática, zarandeando su pequeña silueta de monigote con vestido, que me recordó a la muchacha de Madrid y al Manzanares. Esperé paciente a que saliera del baño. Cuando volvimos a las escaleras, después de la rampa, pasamos por la sala anterior. El guardia seguía allí apostado, mirando alguna pintura de reojo. También sigue allí esa tela amarilla de Gauguin, que ahora me recuerda directamente a Klimt, así a lo lejos. Incluso ahora, Gauguin me gusta más que antes.

Fragancias que son puertos en la ciudad.

Una perogrullada que no desentona, que te acoge como un abrazo mañanero, cuando las campanas de la parroquia doblan por algún muerto del pue...