sábado, 14 de marzo de 2020

Pentesilea.




Huyendo entre piedras destartaladas por una guerra injusta, fea, como todas las guerras, aunque en su caso es deliberado, arrastra con sus pies las espadas, escudos, correas y los cadáveres de Antíbrota, Antandra, Hipótoe, Harmótoa y Polemusa.  Imaginó a un Aquiles sudado entre tanta matanza de belleza luchadora, no estática; tan agotado que cuando atravesó el pecho de Pentesilea desde lo lejos, viéndola tan alta entre las plantas secas de la Anatolia, lugar tan distinto a las selvas de casa, apenas notó nada.

Aquiles conoce a las doce pero no está interesado en todas. Desde que llegaron no pudo pensar en otra cosa. Sentía la desdicha por cada paso que daba hacia el cuerpo que se volvió río, Pentesilea buscando las aguas del Escamandro para sentirse viva antes de reunirse con las suyas.

De toda la historia, hay que pensar que el cuerpo de Pentesilea fue enterrado por las propias manos de Aquiles, arrepentido de ser habilidoso con las lanzas, arcos y conocer el arte de la guerra. Ahora veía la belleza de las amazónicas en el recuerdo de la lucha. Todas se tiraron a él, pero la agilidad de los dioses es más rápida que la ambición humana. Como Tersites se burló, será enterrado junto a Derimaquea, víctima de su primo Diomedes, completamente desnudos y ella encima de él, boca arriba, mirando las estrellas.

El Escamandro mojará esta tierra en cientos de años, y tocará las heridas de Pentesilea, una viva pero inmóvil porque ella representa toda una estirpe. Aquiles vuelve pensando en su invencibilidad, en su habilidad, diera igual dioses o amazónicas.

Pentesilea volvió a casa, no sabe bien cómo. Su padre hablaba con Minos por no se qué de los jueces. Al verla entrar por la entrada que venía desde el Estigia se asustó un poco. Luego miró el televisor encaramado en la esquina de una roca, hablaban de la batalla de Troya, parecía no acabar. 
La habitación no tenía paredes, tenía cordilleras en miniatura, de la misma dureza que las rocas del Atlas, y echando constantemente un vapor violáceo. Ares pregunta escandalizado qué ha pasado con el cuerpo perfecto de su guerrera favorita. Exigió la culpa de alguien, y Pentesilea confesó rápido.

Mientras todo ocurre, Pentesilea llora por ver la muerte de Aquiles en directo, alcanzado por la fatídica flecha, porque delante de esa flecha siempre lo fatídico. Escucha a Aquiles ahogarse por algo que no entiende, una simple herida que lo iba a matar. Pentesilea buscó a su padre. Por el camino su hermana Perséfone arreglaba papeles con Hermes para avisar de que subía al Olimpo, que le tocaba arriba. La guerrera no consiguió gran cosa, salvo la firme promesa del olvido impuesto.
Volvió a su cuarto, cruzando todo el Tártaros de punta a punta, para que Aquiles no la encontrase allí abajo y volviera a enamorarse de ella. Pero seguía sin entender su muerte.

Luego, en los programas matinales, se habla de una negligencia por parte de Tetis cuando lo sumergió en el Estigia, y que de pequeñito le llamaban Aquileo. Pentesilea sonrió, se asomó a la ventana y miró a los bloques de tierra ardiente que surgían de aquel mar de lava. De fondo el quejido de los titanes armonizan el desvelo de un amor en guerra. Aunque seguía dándole vueltas a la muerte de Aquiles.

Entonces acabó por echarse desnuda en la cama (en el Tártaro hace calor), paseaba sus manos por toda la amazona que era, pensándose el río plateado en el que Aquiles la enterró, su Aquiles... ahora muerto y viajando hacia quién sabe por el mismo río que lo acabó por matar. 
El canto de Cronos llega siempre fragmentado y hermoso, lejano. Entonces apagó la luz y se durmió, riéndose por aquella noche antes de la contienda, cuando en el baile de pies desnudos de los amantes, Pentesilea hizo cosquillas a Aquiles, haciendo que este emocionado, la besase justo al sonar los tambores.


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