viernes, 29 de noviembre de 2019

La espera de Renata.



Renata hace crujir su vestido cuando sale de paseo, para que los interesados, sean hombres o mujeres, se giren para admirarla. Piensa a menudo en la muerte como una especie de suceso inalcanzable. Habla de ello con sus amantes mientras estos se visten y rebuznan cualquier proverbio de los que Renata participa, conoce y reconoce.

Escribe con ansias y de verdad, porque para ella  escribir es un acto íntimo, algo que no comprende del todo, y se ve ante la llanura de metales preciosos con los que se ha cortado tantas veces, que las cicatrices ya son verdaderamente escudos. Pero Renata no gusta de la metafísica, lo demuestra cuando mira hacia la ventana y no tiene ganas de saltar, aunque el misterio la llame tan fuerte que sus piernas flojean y mejor dormir o una copa de vino.

Como no cree en códigos, dispara versos al aire por si alguien los coge, pero no cree en la poesía, cree en la palabra, sea cual sea el medio. Su expresión no es ella, es un holograma, un fantasma emitido a placer, una sombra hecha de trozos pequeños, una Rena que no es Renata, sin dejar de respirar. Sus códigos le pertenecen y hay que averiguarlos. Cualquier otro camino es insuficiente porque para ella las cosas son así, insuficientes, incluso insignificantes, pues no resuelven la imagen del espejo al que le falta la esquina superior izquierda; ese que muestra un cuerpo  y no un alma a la que poder quejarse.

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